Durante la sesión del 4 de febrero de 1834, los consocios de la primera Conferencia adoptaron varias propuestas. El Prévost fue quien pidió que la Conferencia se pusiera bajo el patronazgo de San Vicente de Paúl y Federico Ozanam pidió a su vez que se tomara la decisión de que la Conferencia se pusiera bajo la protección de la Virgen María y celebrara una de sus fiestas, la fiesta de Inmaculada Concepción; desde entonces estamos advocados bajo el patronazgo de la Virgen Inmaculada.
Precisamente, para ponernos a los pies de la Virgen, el primer reglamento de la Sociedad de San Vicente de Paúl, redactado a comienzos de diciembre de 1835, fue proclamado en la asamblea general del 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción.
Desde entonces, la festividad es parte de las ‘ceremonias litúrgicas’, que recoge nuestros estatutos y regla vigente, y es una de las celebraciones litúrgicas considerada como especialmente significativa para los vicentinos.
La Inmaculada Concepción, como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, es la verdad de fe que afirma cómo María fue preservada del pecado original desde el primer momento de su concepción. Este dogma, proclamado por el Papa Pío IX en 1854, subraya la pureza y santidad únicas de María, elegida por Dios para ser la Madre de su Hijo. La Medalla Milagrosa que llevamos colgada los vicentinos, es por tanto también, un recordatorio de esta profunda verdad y del papel especial de María en el plan de salvación.
El Consejo Nacional solicita a los consocios de todo el mundo, que hoy se rece una oración y se pida a la Santísima Virgen como mediadora, una intención propia y otra general por la paz en el mundo. Asimismo, se solicita una oración por el crecimiento de las Conferencias, para que no olviden que nacen de la amistad y del Amor de Dios, y que nuestra misión es proclamar el evangelio, viviendo la fe en el servicio a nuestros hermanos que más sufren.