Espiritualidad


 

 
De Vicente a Federico pasando… por la PACIENCIA
Padre Mitxel Olabuénaga C.M.
Asesor Religioso Nacional
 
La paciencia es la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse. La actualidad, sin embargo, ha hecho que vivamos a un ritmo tan vertiginoso que nos vamos alejando de este valor de la paciencia. Todo lo queremos para “ya” y cuando algo no sale como lo esperábamos brota la impaciencia.

Paciencia significa tener autodominio cuando no se puede controlar la manera de actuar de una persona o cuando las cosas no salen como se quiere. Ser paciente es ser sereno y tolerante frente a las dificultades.

Tener paciencia significa esperar, soportar sin alterarse una demora o una situación molesta. Paciencia es perseverancia, es esperar el tiempo que sea necesario para terminar algo. Además, es la capacidad para hacer trabajos minuciosos o pesados.

La paciencia, además de ser un valor, es una forma de vida en donde prima la serenidad y el autocontrol. Es fortaleza para aceptar con calma el dolor y las pruebas que la vida nos pone para el continuo crecimiento interno.

EMPEZANDO con Vicente
No hay que espigar mucho en la vida de san Vicente para detectar la consideración que tiene de esta virtud y su empeño en que sea practicada por aquellos que le rodean. Así, por ejemplo, dice a las Hijas de la Caridad: “La cuarta virtud que tenéis que practicar especialmente es la paciencia. Casi no hay un solo momento en que no necesitemos esa virtud de la paciencia… porque es la que nos hace tolerar todos los sucesos molestos con que nos encontramos en la vida, sin irritarnos; y si a veces nos dejamos llevar del malhumor, la paciencia nos hace entrar cuanto antes dentro de nosotros mismos y serena nuestra impaciencia. De aquí se sigue que necesitamos tener una buena dosis de paciencia, pues aunque no tuviéramos nada que sufrir por culpa de los hombres, nosotros mismos somos tan ruines que encontramos abundante materia para sufrir, y tan tornadizos que bastantes motivos tenemos para soportarnos a nosotros mismos; y para todo esto se necesita mucha paciencia”.

Esta vivencia no siempre es comprendida, lo que motiva una pronta respuesta del santo: “Pero, Padre, (le escribe un misionero) una persona que no se irrita con nada que le pase, y que deja que la reprendan cuando ha cometido una falta, ¿es eso paciencia?... Sí y tenéis que ejercitaros en esto cuando os toque algo que sufrir, tanto por parte de las damas como de los enfermos o de los niños a fin de no decir nada que demuestra la menor impaciencia; sin embargo, cuando los pobres se quejen o murmuren de vosotros, podéis amonestarles, con tal que lo hagáis sin enfadaros, para poner remedio a las faltas que podrían seguir haciendo”.

Virtud que debe practicarse tanto en las pruebas (“¿Le gustaría a usted estar sin sufrimientos? ¿No sería tener un demonio en el corazón vivir sin ninguna cruz?”) como en los sufrimientos corporales (“Es verdad que siento cómo van aumentando desde la planta del pie hasta la cima de mi cabeza. ¡Ay!, ¡qué cuenta tendré que dar ante el tribunal de Dios, ante el que pronto voy a comparecer, si no hago buen uso de ello!”).
La valoración de esta virtud la muestra en diferentes ocasiones. Así, alaba a quien es capaz de practicarla: “Señor, yo observé en la enfermedad de nuestra buena hermana que tenía mucha paciencia y resignación con la voluntad de Dios… Hijas mías, esa buena hermana sabía estimar como se debe su propia vocación. Tengo el corazón lleno de consuelo al oír esa virtud”; la solicita cuando las cosas no van bien: “Si es verdad que la persona de que usted me habla le trata con poca consideración, espero que su paciencia le hará bien; le edificará y quizás logre amansar su corazón. Siga  portándose lo mismo que se portó Nuestro Señor con todos aquellos que le persiguieron, se burlaron de él, el injuriaron y calumniaron”; la recomienda en situaciones de desánimo: “cuando una crea que ha hecho lo que debía en este mundo, si ha comunicado su preocupación a una hermana y no encuentra ningún remedio… lo ha dicho al confesor… y no logramos tranquilizarnos, hemos de creer que Dios lo permite de esa manera, adorar su voluntad, practicar la paciencia y trabajar por conservar la tranquilidad de espíritu en medio de la inquietud o de la tentación” y, no duda en pedirla para él: “Le ruego que cuide de su salud y que le pida para mí la paciencia para aprovechar bien las fatigas de nuestra condición, que nos expone a tantos sufrimientos, tanto de dentro como de fuera…”.

SIGUIENDO con Federico
El recurso a la paciencia es habitual en Federico y, en esto, viene a coincidir con san Vicente. Un breve texto nos lo muestra: “La incertidumbre en que me mantiene mi salud me resulta muy penosa; aún lo es más para mi pobre Amélie, cuya paciencia y dedicación son admirables. Afortunadamente Dios le da fuerzas”.

De ahí que su práctica es habitual en la vida: “Practico la paciencia, leo las noticias solo para saber lo que sucede, trato de permanecer, dentro de lo posible, encerrado dentro de mi esfera individual, evoluciono por mi cuenta, estudio mucho, por ahora fuera de la sociedad para poder entrar en ella más adelante, en forma más ventajosa para ella y para mí”.

Ve Federico la paciencia como virtud necesaria para asistir a los pobres: “Si en la Edad Media la sociedad enferma no pudo ser curada sino por la inmensa efusión de amor vivida, sobre todo, por san Francisco de Asís; si más tarde, nuevos dolores apelaron a las manos caritativas de san Felipe Neri, de san Juan de Dios y de san Vicente de Paúl; en estos tiempos, ¿cuánta caridad, abnegación y paciencia no haría falta para sanar los sufrimientos de esas pobres gentes, más indigentes aún que nunca, puesto que han rechazado el alimento del alma, cuando precisamente llegaba a faltarles el pan del cuerpo?”

Por ello, recomienda su práctica en varios ámbitos: ante la pérdida de seres queridos: “Hay que acostumbrarse a ver a todos los que queremos cómo se van unos detrás de otros a ese mundo mejor al que un día iremos a unirnos con ellos. [Ese consuelo] es el único que nos hace sufrir con paciencia los males de esta vida, sobre todo cuando son duraderos”. Ante la enfermedad: “Pero, ¿quién sabe si una enfermedad sufrida con paciencia no asciende hacia Dios como un mérito que luego él hace que recaiga sobre nuestros hermanos?”. Ante las injurias: “Ten coraje, querido amigo, pues el coraje es sobre todo para saber soportar la injuria que los corazones débiles no soportarían; di con la Imitación: «Señor, dadme paciencia una vez más». Y, general, ante las pruebas de la vida: “Por desgracia yo no tengo la paciencia de los justos, me dejo abatir fácilmente por el sufrimiento, y no me consolaría de mi debilidad si no encontrara en los salmos esos gritos de dolor que David dirige a Dios, y a los que Dios responde finalmente concediéndole el perdón y la paz”.

ACABANDO en nosotros
1. ¿Me atrevería a decir que no tengo defectos, absolutamente nada que pueda molestar al prójimo?

2. ¿Cómo vivo los sufrimientos y dolores? ¿Soy de los que me hundo con ellos? ¿O por el contrario me ayudan a madurar y acrecer?

3. ¿Creo que el mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres? ¿Cómo vivo la paciencia con este sentido de redención?






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