Espiritualidad


 

 
De Vicente a Federico pasando…por la MANSEDUMBRE
Padre Mitxel Olabuénaga C.M.
Asesor Religioso Nacional
 
Nuestro punto de partida debe estar centrado en Jesús cuya actitud general es la del “sembrador”: siembra “semillas” en las mentes y en los corazones... Enseña a pensar antes de reaccionar. Los fariseos le presentan una mujer sorprendida en adulterio. Preguntan a Jesús: Moisés nos mandó apedrear a las adúlteras. ¿Tú qué dices? - Jesús, callado, escribe en la arena. - Ellos insisten. Jesús les responde: “El que esté sin pecado que le tire la primera piedra”. Y sigue escribiendo en la arena. Ellos se van retirando empezando por los más viejos... A ella le pregunta: ¿nadie te condenó? - ¡Ninguno, Señor! Y Jesús le dice: “Yo tampoco te condeno. Anda, no peques más”.

EMPEZANDO con Vicente
La enseñanza de san Vicente acerca de esta virtud es, tal vez, la más fácil de traducir a lenguaje moderno. Podemos señalar tres aspectos (conferencia del 28 de marzo de 1659).

a) La mansedumbre supone la capacidad de controlar la ira de una manera positiva teniendo en cuenta que la ira es una energía que brota espontáneamente en nosotros cuando vemos algo como malo. Nos ayuda a manejar el mal pero, como todas las emociones espontáneas, se puede usar bien o mal. En la práctica todos tenemos dificultades en controlarla adecuadamente.

Señala san Vicente que el adecuado control de la ira exige el saber darle expresión. Él mismo se sentía airado ante la condición de los pobres. La ira le dio capacidad de reaccionar con fuerza y con espíritu creativo al ver sus necesidades. También daba lugar a la ira cuando veía el mal en su propia comunidad, pero aprendió a combinar la ira con la suavidad.

b) La mansedumbre implica apertura fácil, amabilidad, cualidades muy importantes para cualquier líder. San Vicente nos recuerda que en este aspecto podemos cambiar. Nos cuenta que cuando era joven tenía un temperamento colérico que le llevaba con facilidad a la ira. Cuenta también que solía estar deprimido a veces por largo tiempo. Pero cambió tan profundamente a lo largo su vida que todos los que le conocieron después decían que era uno de los hombres más afables que habían conocido.
Solía decir a su comunidad que a la gente se le gana mucho más fácilmente por la amabilidad que por las razones.

c) La mansedumbre incluye la capacidad de sufrir las ofensas con espíritu de perdón y con valentía. San Vicente fundaba su enseñanza en este aspecto en el respeto que se debe a las personas. Incluso los que cometen injusticia, decía, merecen respeto como personas. Por supuesto que el debido respeto por la persona del ofensor no nos prohíbe canalizar nuestra ira con valentía contra los males que él comete, pero nos prohíbe cometer injusticia en nombre de la justicia. San Vicente admitía claramente que a veces se debe tolerar el mal, cuando no hay ninguna posibilidad de que se pueda corregir. En este asunto hay que guardar un delicado equilibrio. A veces hay que saber sufrir con valor. Hay males que no se pueden evitar y que deben ser tolerados. Por otro lado se ha de evitar una falsa tolerancia. A veces hay que clamar contra la injusticia y se deben dirigir todos los esfuerzos para rechazarla. Se necesita mucha prudencia para saber distinguir entre una ocasión y otra.

SIGUIENDO con Federico
En su correspondencia solo aparece, directamente, en una ocasión. En una carta dirigida a Amélie Soulacroix (28 de mayo de 1841) dice: “al margen de todas las cuestiones secundarias de conveniencia y de interés, el joven, puesto en presencia de aquella que el Cielo la ha destinado como compañera, no puede dejar de encontrar en ella un no sé qué de superioridad secreta; si él mismo cree tener una naturaleza más fuerte, encuentra en ella una naturaleza más suave, más tierna, más casta, más sublime; no puede evitar tener un profundo respeto por ella, y si se la entregan, él cree que recibe más de lo que merece, siente una gran gratitud por ese regalo. Los razonamientos y los sarcasmos no pueden nada contra ese instinto del alma, y no puedo creer, no creeré jamás, que se disipe como ilusión con las realidades de la vida matrimonial. Se ha prometido el dominio sobre la tierra a la mansedumbre, y si parece que reinamos sobre los asuntos del exterior, en el interior usted sabe muy bien quién reina sobre nosotros. Sobre todo cuando uno es fácilmente afectado, como yo, por todos los roces, por una imaginación inquieta, fácil de consolar y de ser reanimado por la palabra, se acepta con gusto esa dichosa dependencia y ese vasallaje bendito”.

Podemos, además, comprender esta virtud haciendo referencia a la docilidad o la sumisión. En el primer sentido, escribe: “El homenaje que rinde usted a la memoria de Ballanche me ha llegado al fondo del corazón a causa de los lazos que ese hombre eminente tuvo a bien que se crearan entre él y yo. Como lionés, me acogió desde el comienzo de mis estudios, los alentaba con sus consejos; más tarde, su bondad se extendió a toda mi pequeña familia, y no olvidaré que más de una vez, ya anciano y vacilante, subía mis cuatro pisos para informarse sobre la salud de la señora Ozanam. Solo me apenaba una cosa, que un genio tan hermoso se hubiera equivocado sobre el dogma de la eternidad de las penas, y que temeroso, por así decirlo, de las profundidades del infierno, reculara ante ellas. Pero usted ha explicado perfectamente ese error de un alma cuyo principal fallo era no creer en el mal. Por otro lado, cuando se acercaba la muerte, en el momento de cambiar las especulaciones siempre aventuradas de la metafísica contra la visión de las realidades eternas, ese hombre creyente y humilde dio ejemplo de docilidad, y terminó con los sentimientos de la fe más entera y nos dejó, después de una vida llena de buenas obras, el consuelo de una muerte muy cristiana” (a Félix Nève, 26 de agosto de 1850).

Referente a la segunda (Sumisión) encontramos: “Me confesé a un santo sacerdote que atiende la capilla de Notre-Dame-de-Buglose, cuya sencillez y caridad extrema me recordaron enteramente a nuestro buen patrón. Aquel hombre excelente solo me habló de sufrimientos que había que recibir con paciencia, de resignación, de sumisión a la voluntad de Dios, por severa que sea” (a François Lallier, 28 de marzo de 1853).

ACABANDO en nosotros
¿Me preocupa personalmente la práctica de las virtudes? ¿Y ésta, en concreto?
¿Cómo enfoco en mi vida su práctica? ¿Globalmente? ¿Según mis debilidades?
¿Manifestamos en nuestras vidas lo que nos dicen Vicente y Federico?
¿De qué manera planteamos actualmente la mansedumbre?
¿Soy lo suficientemente manso como para afrontar las iras sociales que os envuelven?
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