Espiritualidad


 

2017,
400 AÑOS DE CARISMA VICENCIANO

EVANGELIZAR
DESDE EL CARISMA VICENCIANO

Padre Santiago Azcarate C.M.
Asesor Religioso Nacional
 
A finales de 1975, Pablo VI afirmaba en su inigualable Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi” que “evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar”. Lo mismo se puede decir de cada uno de los grupos de la Familia Vicenciana: que sólo existen para evangelizar. Ya san Vicente de Paúl les hablaba apasionadamente a los misioneros en una conferencia del 6 de Diciembre de 1658 de la grandeza de su vocación y misión: “dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el reino de los cielos y que ese reino es para los pobres” (XI, 387) Se resume en esa frase del santo lo que es el núcleo de la evangelización, por lo que ha de permanecer como referente de todo vicentino.

Se trata, en primer lugar, de anunciar a Dios a los pobres. El Dios de Jesucristo: Dios del amor y de la misericordia, Dios de la compasión y de la reconciliación. El Dios que se acerca a ellos porque los ama y quiere rehabilitarlos. En el Dios de Jesucristo han de encontrar los pobres aliento y esperanza. Y somos los vicentinos quienes tenemos la misión de hablarles de Dios y acercarlos a Él.

Es cuestión, por eso, de que nos centremos en Jesucristo y lo presentemos a los pobres. Un Jesucristo con el que nos hemos encontrado nosotros primero y al que hemos puesto en el centro de nuestra vida. Pensamos en Él, hablamos de Él, vivimos en Él. Y porque Jesucristo es el Evangelizador de los pobres (Lc 4, 18-19) nos hacemos partícipes de su misión y somos evangelizadores de palabra y de obra, con un amor afectivo y efectivo. Mostramos a los pobres que es en Jesucristo en quien pueden recuperar su dignidad como personas y en quien pueden descubrir su condición de hijos de Dios.

Y se trata, al final, de anunciarles el Reino de Dios. Este es el proyecto que Cristo quiso impulsar en la tierra: promover un mundo como Dios quiere, de justicia, de libertad, de comunión, de paz, de misericordia, de salud. Hemos de anunciar ese Reino a los pobres, porque precisamente es para ellos. Y lo hemos de anunciar como Jesús lo hacía y les enseñó a los discípulos: proclamando el Reino de Dios y curando a los afligidos (Lc 9,1-6) Hay que empezar por hacer entre los pobres las obras que Jesús hacía: sanar, consolar, recuperar, dignificar. Y hay que decirles a la vez que el Reino se está realizando ya en ellos.

El carisma vicenciano alienta en los vicentinos ese ardor evangelizador porque le infunde un espíritu misionero. Dice el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium que al margen del Espíritu no hay evangelización verdadera. Siguiendo este sabio principio del Papa, podríamos decir que un evangelizador vicenciano sin espíritu vicenciano tampoco es verdadero evangelizador. El vicentino ha de ser coherente con su espíritu propio y específico y ello por fidelidad a la vocación y misión que ha recibido de Dios. Por eso, ha de estar impregnado el vicentino de las virtudes que le son propias: la sencillez franca, la humildad sincera, la afabilidad amistosa, el sacrificio generoso y el celo audaz por extender el Reino de Dios.

El vicentino ha de vivir, en definitiva, lo que Juan Bautista Metz llama una “espiritualidad de ojos abiertos”, que lleva a ver a Dios en el pobre y procurarse una viva, solidaria e intensa visión del sufrimiento ajeno. Y a partir de ahí esforzarse en una mística de corazón dispuesto, corazón que se deja ganar por el afecto y que se compromete en la entrega y en el servicio.

Todo esto conlleva una serie de compromisos a la hora de ejercitarnos en la acción evangelizadora. En primer lugar, entender que la caridad es para el vicentino el modo privilegiado de evangelizar. Unos en la Iglesia evangelizan mediante la predicación, otros mediantes la oración, otros mediante la liturgia, otros mediante la enseñanza… El vicentino evangeliza por medio de la caridad. Una caridad que concentra en su acción la justicia y la misericordia, el servicio y la entrega, la promoción humana y la dignidad de los pobres. Una caridad que tiene como horizonte la civilización del amor (Regla 7.2)

Estamos, además, ante una caridad organizada, lo cual ha sido siempre sello de la misión vicenciana. Organizando la caridad empezó San Vicente de Paúl en Chatillon y organizando la caridad se fueron conformando las distintas Conferencias. Es una organización sencilla y eficiente, audaz y creativa, que brota de la “nueva imaginación de la caridad” y abarca a las víctimas de la globalización de la indiferencia.

Evangelizar por medio de la caridad implica a la vez dotarse de una fina sensibilidad social. Sin sensibilidad hacia los pobres; sin compasión por los necesitados, no puede haber cercanía y servicio. El corazón ha de resultar afectado; pero no para quedarse en una tierna sensiblería, sino para volcarse en la atención respetuosa y delicada al que sufre (2.2). Lo decía San Vicente con mucha expresividad: “¡Ser cristiano y ver afligido a un hermano sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Esto es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; es carecer de humanidad; es ser peor que las bestias” (XI, 561)

Esa sensibilidad ha de llevar al vicentino a encarnarse en la realidad de los pobres. La encarnación, o inculturación como podríamos decir hoy, es uno de los grandes principios de la espiritualidad vicenciana. No puede darse misión sin encarnación, sin cercanía a los pobres, sin insertarse en su realidad y buscar con ellos respuestas eficaces, intrépidas y arriesgadas. Hay que aprender, por eso, a mirar el mundo con los ojos de Dios, con una mirada de fe y desde la óptica de los pobres con el fin de que esa mirada active la práctica del amor.

Hemos de comprometernos finalmente en la potenciación de la misión compartida. La misión no es nuestra, sino de la Iglesia. Y no la recibimos individualmente, sino en el seno de un grupo de fe al que pertenecemos por una vocación propia. Nos reconocemos hoy como Familia Vicenciana, por lo que el conocimiento mutuo, la colaboración sin prejuicios ni protagonismos, la apertura sincera, la comunión leal, la formación conjunta, la espiritualidad compartida y el fortalecimiento del carisma común han de ser primordiales para nosotros (4.3)

Evangelizar desde el servicio caritativo con un espíritu vicenciano es lo que pueden hoy aportar las Conferencias a la misión de la Iglesia. Procuremos para ello vigorizar nuestro carisma y enardecer nuestro espíritu misionero. =






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