Espiritualidad


 

2017,
400 AÑOS DE CARISMA VICENCIANO

EL CARISMA VICENCIANO EN EL ORIGEN DE LA SOCIEDAD DE SAN VICENTE DE PAÚL

Padre Santiago Azcarate C.M.
Asesor Religioso Nacional
 
La Revolución Francesa supuso un duro golpe en Francia para la Iglesia en general y para las obras vicencianas en particular. Durante la restauración borbónica fueron recuperándose poco a poco la Congregación de la Misión y la Compañía de las Hijas de la Caridad. El laicado vicenciano, sin embargo, no acababa de encontrar su motor de arranque. El impulso acabó llegando, no obstante, de la mano de un grupo de jóvenes católicos encabezados por Federico Ozanam (1813-1853) y reunidos en torno al impresor parisino Manuel José Bailly (1794-1861) Todos ellos encontraron en el espíritu vicenciano el aliento de su inspiración.

Como dice el P. Román, en Bailly, sobre todo, la inspiración vicenciana es netamente visible. Su familia había hospedado con frecuencia en su casa durante los días de la Revolución al
P. Hanon, entonces Vicario General de los Paúles. Junto con su hermano Fernando, Manuel ingresó como novicio de la Congregación en 1817, si bien se retiró a los pocos meses. Siempre se mantuvo, sin embargo, espiritualmente fiel a su inicial vocación vicenciana. De hecho, al primero de sus hijos varones le impuso el nombre de Vicente de Paúl, quien llegaría a ser con el tiempo un famoso sacerdote asuncionista pionero del apostolado de la prensa.

En torno a Bailly se reúne la primera Conferencia el 23 de Abril de 1833 y se propone como objeto fortalecer la fe mediante la práctica de la caridad. El ambiente católico de París estaba en aquel tiempo muy impregnado de la devoción a San Vicente de Paúl, cuyas reliquias habían sido depositadas en la nueva casa madre de los paúles de la calle Sèvres por el propio P. Fernando Bailly en 1830. Aquellos jóvenes católicos, que tenían una aguda conciencia social, vieron en San Vicente el modelo de la caridad cristiana. Ozanam tenía, además, motivos muy personales, ya que, como escribiría con ocasión de su peregrinación al Berçeau, tenía con el santo una deuda de gratitud por los muchos peligros de que le había preservado en su juventud.

En este contexto, será Le Prévost el que, haciéndose portavoz de algunos de sus compañeros, sugerirá en la sesión del 4 de febrero de 1834 que se ponga la Conferencia bajo la intercesión de San Vicente de Paúl y celebre su fiesta. Poco más adelante, el 12 de Abril de ese mismo año, todos los miembros de la Conferencia, que eran ya unos sesenta, presididos por Bailly, acudieron a la capilla donde se veneran las reliquias de San Vicente y escucharon la Misa en la víspera de la fiesta de su traslación. Al final de la Eucaristía, reunidos en torno a la urna del santo, recitaron la oración de San Vicente, que luego prescribiría el reglamento, y besaron devotamente sus pies.

El Manual de la Sociedad contenía el oficio de la “Misa de la fiesta del traslado del cuerpo de san Vicente de Paúl.” “Hubo lágrimas, se acordaba Bailly, fue un buen día para la sociedad naciente”. Al día siguiente, varios miembros fueron a Clichy, donde san Vicente había sido párroco, e insistieron en llevar en procesión sobre sus espaldas el relicario que contenía un fragmento de sus reliquias.

La inspiración vicenciana de las Conferencias no se redujo, sin embargo, a la invocación del santo, ni tan siquiera al propósito de imitar su ejemplo. Los fundadores tenían verdadero interés en captar el espíritu vicenciano y en hacerlo aliento de la nueva asociación. El Reglamento de 1835 es buena prueba de ello. Sus “Consideraciones preliminares”, redactadas personalmente por Bailly, están claramente inspiradas en las Reglas Comunes que san Vicente de Pául escribió para sus misioneros.

Más interesante es todavía el comprobar que el Reglamento sigue con fidelidad el esquema de la regla vicenciana. Enumera los fines de la Sociedad, el primero de los cuales es conservar a sus miembros en la práctica de la vida cristiana, y luego dedicarse a todas las obras de la caridad, siendo prioritaria la visita personal a los pobres. Se describen a continuación dos categorías de miembros: los socios activos y los otros que les ayudan. Se exhorta después a la práctica de las virtudes evangélicas más apropiadas para quienes se dedican a la caridad: la abnegación de sí mismo, la prudencia cristiana, el amor al prójimo, el celo por la salvación de las almas, la mansedumbre y la humildad que “nunca olvidó san Vicente que son inseparables”, y el espíritu de fraternidad. Son virtudes todas ellas muy presentes en el universo espiritual de Vicente de Paúl.

Resulta obvio, además, destacar en el transfondo vicenciano de las Conferencias la influencia de Sor Rosalía Rendu, Hija de la Caridad, superiora desde 1815 de la Casa de la Misericordia y que dirigía la distribución de ayudas de la oficina de beneficencia del barrio de la rue Mouffetard. Sor Rosalía vivía intensamente el espíritu de San Vicente y, como él, no dudaba en relacionarse con personalidades a las que interesar en el remedio de la pobreza urbana.  Después de la primera reunión de la Conferencia, a ella acude el joven Devaux a pedirle una lista de familias pobres a las que visitar. Apoyando la iniciativa de los jóvenes estudiantes,SorRosalía les da los vales de comida y pan a la vez que los nombres de algunas de esas familias.

Se puede considerar que la influencia de Sor Rosalía es fundamental en el espíritu de la joven Sociedad. De acuerdo con Bailly, Sor Rosalía le da el espíritu de San Vicente desde el comienzo, antes incluso de que la Regla del santo inspirara el primer Reglamento.

En cualquiera de los casos, Ozanam expresa bien lo que significa la inspiración vicenciana de las Conferencias y el patrocinio de San Vicente de Paúl sobre las mismas cuando explica en su carta a Lallier del 17 de mayo de 1838 las razones que tenía para ponerse bajo su protección: “Un santo patrono es un modelo. Es menester esforzarse para actuar y realizar las obras como él mismo las realizó. Tomar como modelo a Jesucristo como él lo hizo. Es una vida que hay que perpetuar; en su corazón hay que calentar el propio, en su inteligencia es necesario buscar luces. Es un apoyo en la tierra y un protector en el cielo, a quien se debe un doble culto de imitación y de invocación. San Vicente de Paúl tiene una inmensa ventaja por la proximidad del tiempo en que vivió, por la variedad infinita de los beneficios que esparció, y además por su universalidad…”






Sociedad de San Vicente de Paúl
Consejo Superior de España
C/ San Pedro, 3 - 28014 Madrid
Telf.: 91 369 79 90
ssvp@ssvp.es




Formato .pdf