Espiritualidad


 

2017,
400 AÑOS DE CARISMA VICENCIANO

APORTACIÓN DEL CARISMA VICENCIANO A LA IGLESIA

Padre Santiago Azcarate C.M.
Asesor Religioso Nacional
 
Cuatrocientos años después de que el Espíritu suscitara en San Vicente de Paúl la aparición del carisma vicenciano, estamos familiarizados con aspectos tan elementales de nuestra fe como la misión y la caridad. No es que sean éstos aspectos exclusivos de la Familia Vicenciana, sino que son patrimonio de toda la Iglesia, por cuanto se trata de dos factores básicos del Evangelio que hemos aceptado. Al asumirlos de manera radical, la espiritualidad vicenciana ha ido subrayando elementos muy propios de nuestra fe cristiana, lo cual ha supuesto una enriquecedora aportación de nuestro carisma a la Iglesia.

Para empezar, el carisma vicenciano impulsó una forma nueva de vida en la Iglesia, diferente a la de los religiosos y los laicos. Ni los Paúles ni las Hijas de la caridad pueden ser considerados frailes o monjas, sino que son Sociedades de Vida Apostólica, cuyos miembros, sin votos religiosos, viven en comunidad, buscando el fin apostólico propio de la sociedad y aspirando a la perfección de la caridad por la observancia de sus Constituciones. La Congregación de la Misión y la Compañía de las Hijas de la Caridad impulsaron de modo decisivo la conformación de este estilo nuevo de vida en la Iglesia.

El carisma vicenciano pone, además, a la misión en el centro de la espiritualidad. Tanto cada vicenciano en particular como los grupos vicencianos en general pretendemos seguir a Cristo participando de su misión de salvación y prolongando esa misión en nuestro tiempo y en nuestro ambiente. Es la vida apostólica de Cristo la que tratamos de imitar y es la evangelización de los pobres la tarea que tenemos encomendada. Por eso, los vicencianos tenemos que esforzarnos por una “conversión misionera”, que haga de nosotros personas apostólicas capaces de dar testimonio de la ternura de Dios y la caridad de Jesucristo.

El carisma vicenciano resultó también inspirador desde el principio de la participación de los laicos, y especialmente de la mujer, en la Misión apostólica. Para empezar, hay casi siempre una mujer en el origen de cada fundación vicenciana: la anónima mujer que avisa a D. Vicente de la miseria de una familia (Cofradías de la Caridad) Madame de Gondi y su preocupación por la salvación de los campesinos de sus tierras (Congregación de la Misión) Margarita Naseau y Santa Luisa de Marillac (Hijas de la Caridad) Madame Goussault (Damas de la Caridad), Santa Catalina Labouré y el movimiento en torno a la Virgen Milagrosa.  Incluso la misma Sor Rosalía Rendu es fundamental en la orientación vicenciana de la Sociedad San Vicente de Paúl. El Fundador tenía claro que a los laicos les correspondía un papel esencial en la misión de la Iglesia. Y entendía que las mujeres realizaban una actividad verdaderamente misionera.

Asumida hoy por la Iglesia como opción preferencial, la entrega a los pobres ya era para San Vicente la opción radical. Pensaba nuestro santo que los pobres ocupan el lugar más destacado dentro de la Iglesia, de manera que entendía a ésta como continuadora de la misión de Jesucristo, que no es otra sino la evangelización de los pobres. Esta misión es la que ha de estar en el centro de interés de todos los grupos vicencianos, teniendo en cuenta que la evangelización de los pobres es el criterio verificador de que el Espíritu guía a la Iglesia y lo que da sentido a cada uno de los grupos de la Familia Vicenciana. Todos ellos están en la  Iglesia para evangelizar a los pobres.

San Vicente aporta, además, a la Iglesia la mirada al mundo, y concretamente al pobre, como lugar de la revelación de Dios. Para nuestro santo, el acontecimiento es signo de Dios, portador de la voluntad de Dios. Más adelante, el Vaticano II subrayará la atención a los signos de los tiempos como reveladores de lo que Dios quiere en cada momento. Pero ya San Vicente había advertido de que hay que ver las cosas como las ve Dios, “como son en Dios, y no como aparecen al margen de Él”. Conocida es, en este contexto, su argumentación a propósito de los pobres: “No hemos de considerarlos según su aspecto exterior… Dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe, que son ellos los que nos representan al Hijo de Dios”. Desde esta perspectiva, el carisma vicenciano ha contribuido a que en la Misión, los seguidores de Jesucristo estemos atentos al mundo y nos comprometamos en su transformación a imagen del Reino de Dios.

El carisma vicenciano subraya también en la Iglesia la necesidad de disponer de obreros que trabajen, de personas apostólicas que se esfuercen en unirla a Jesucristo y vayan a anunciar el Evangelio. Y es que la evangelización de los pobres no consiste tan sólo, para San Vicente, en proclamar las grandes verdades de nuestra fe, sino en realizar los signos anunciados por los profetas. De ahí que las propias Hijas de la Caridad se reconozcan a sí mismas como “siervas de los pobres”. Y servir significa trabajo, esfuerzo, dinamismo, acción.

Otra importante aportación del carisma vicenciano a la Iglesia es considerar a los pobres no como destinatarios, sino como protagonistas de la Misión de la Iglesia. Ellos han de intervenir activamente en la acción evangelizadora en la medida de sus posibilidades y de sus fuerzas. Pero es que, además, es en los pobres donde encontramos a Jesucristo, y en Jesucristo, al Dios de la Vida.

El carisma vicenciano ha explicitado también que la vida cristiana es prolongación de la misión de Cristo y ha actualizado el sentido de la evangelización de los pobres: obrar y enseñar, como Jesucristo, las palabras y acciones predichas por los profetas. En el origen de la Misión está el Amor, la Caridad. Y la Misión se hace Caridad, amor afectivo y efectivo a los pobres. Es esta experiencia de Caridad-Misión la que hace que servicio corporal y espiritual a los necesitados no sean dos fines separados, sino dos aspectos de un mismo fin: la evangelización integral.
Destaca igualmente en el carisma vicenciano la creatividad, la capacidad para aportar respuestas siempre nuevas ante las nuevas necesidades que se descubren en los acontecimientos; y la capacidad para suscitar instituciones nuevas, como la Sociedad de San Vicente de Paúl, al servicio evangelizador de los pobres. Es la fidelidad a un carisma tan vivo lo que explica la fecundidad de la misión vicenciana en la Iglesia.

Finalmente, el carisma vicenciano resalta la circularidad en la vivencia de la fe: de Cristo a los pobres y de los pobres a Cristo. Los pobres, dice San Vicente, tienen el honor de representar a los miembros de Jesucristo, por lo que al servir a los pobres, se le sirve a Él.






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