Espiritualidad


 

2017,
400 AÑOS DE CARISMA VICENCIANO

2017, AÑO DEL CARISMA VICENCIANO

Padre Santiago Azcarate C.M.
Asesor Religioso Nacional
 
El 25 de Enero de 1617 el sacerdote Vicente de Paúl predicaba desde el púlpito de Folléville (Francia) un sermón sobre la confesión general y la manera de hacerla bien. Tuvieron tal impacto sus palabras en el alma de aquellos campesinos que acudieron en masa a confesarse. Esta experiencia hizo comprender a Vicente de Paúl que aquella era su misión: llevar el Evangelio al pobre pueblo del campo. Y así lo hizo en adelante, dejándose acompañar por algunos sacerdotes que acabaron formando el embrión de la Congregación de la Misión.
Ese mismo año en Agosto, siendo ya párroco de Chatillon-les-Dombes, hubo de exponer a los fieles en su predicación la necesidad que tenía una familia del pueblo de ser atendida. La respuesta de la gente fue desbordante, lo cual hizo pensar a Vicente de Paúl en la necesidad de organizar aquel afán caritativo. El 23 de agosto reunió con ese fin a un grupo de piadosas mujeres del pueblo y les animó a crear una asociación para asistir a los pobres enfermos de la parroquia. Nació así la primera cofradía de caridad, cuya erección se celebró el 8 de Diciembre de ese mismo año de 1617.

Dos necesidades inmediatas en dos pequeñas poblaciones inspiraron a Vicente de Paúl el alma de un carisma nuevo en la Iglesia. Quizá tendamos a pensar con frecuencia en misteriosas revelaciones o en profundas reflexiones como telón de fondo del nacimiento de un carisma. Y, sin embargo, es en el acontecimiento de cada día donde Dios se revela a los hombres y donde los enciende con el don de su gracia. Hace falta, es verdad, una predisposición positiva en el creyente, una visión de fe sobre los acontecimientos, un saber discernir los signos de los tiempos y una disponibilidad fiel a los designios de Dios.
Entendemos entonces que para Vicente de Paúl aquellos dos acontecimientos apuntados fueran una revelación. Desde la pobreza espiritual y material que descubrió en la pobre gente del pueblo, brota en su interior el espíritu de misión y caridad que va a inspirar todo su ser y su quehacer. No son dos carismas distintos que se complementan, sino dos expresiones distintas del mismo carisma, porque la misión nace de la caridad y la caridad inspira la misión. De ahí que todas las obras de inspiración vicenciana son a la vez apostólicas y sociales, tienen el impulso misionero y el sello de la caridad.

Siendo la misión y la caridad la esencia de lo vicenciano, entendemos que se trata de un carisma esencialmente enraizado en el ser de la Iglesia. La misión pertenece a la identidad propia de la comunidad cristiana. En realidad, toda la historia de la salvación la podemos leer en clave misionera. Jesucristo es el enviado del Padre con la misión de evangelizar a los pobres y redimirnos del pecado. El Espíritu Santo es enviado por el Padre y el Hijo para suscitar la Iglesia y sostener y animar su misión a lo largo de la Historia. La Iglesia no es sino la continuadora de la misión del Hijo, impulsando el proyecto del Reino de Dios en todas las épocas y lugares. Y cada uno de nosotros los cristianos somos ungidos en el Bautismo por el Espíritu y somos enviados a dar testimonio del Evangelio en el mundo. La misión es, pues, la clave de nuestra vocación cristiana: aquello que nos identifica con Jesucristo y nos hace partícipes de la prolongación de su acción redentora.

La caridad pertenece también a la entraña misma de la Iglesia. Sabemos por la primera carta de San Juan que Dios es amor y que todo cuanto a Él se refiere puede comprenderse desde el amor. La esencia misma del Dios trinitario es el amor, la comunión de las tres divinas Personas. Por amor crea el Universo y los seres humanos. El amor es lo que le lleva a comprometerse con nuestra Historia encarnándose en Jesucristo y haciendo de su muerte en la cruz un misterio de amor. Es el amor el que está en el corazón de la Iglesia y en su voluntad de entrega a los hombres. Y es desde el amor desde donde mejor se puede dar testimonio de fe. Por todo ello el carisma vicenciano está plenamente inserto en el ser de la Iglesia. Porque es la caridad la que define su identidad y es en el amor afectivo y efectivo donde se expresa toda su acción. De ahí que en esta hora de la nueva evangelización en que está comprometida la Iglesia, compete a los vicencianos participar en esa misión desde el ejercicio de la caridad.
La fuerza del carisma vicenciano lleva a caracterizar todos los elementos principales de nuestra espiritualidad cristiana desde la misión y la caridad. Nos centra, por eso, en Jesucristo Evangelizador y Servidor de los pobres. Muchas son las facetas de Jesús en el Evangelio. En muchos aspectos de su figura podemos fijarnos. A los vicencianos nos atrae el Jesús que evangeliza a los pobres, sana a los enfermos, libera a los oprimidos y alienta a los decaídos. Es el Jesús que recorre pueblos y aldeas anunciando el Reino de Dios y llamando a la conversión. Es el Jesús que se acerca a los marginados, los enfermos y los pecadores y los dignifica volcando en ellos toda su caridad.

La misión y la caridad nos llevan también a ahondar en nuestra pertenencia a la Iglesia y a cultivar nuestra conciencia comunitaria. Entendemos que la misión le es dada a la comunidad y que en ella nos hacemos responsables de nuestra tarea. Y por la caridad ahondamos en una espiritualidad de comunión y fomentamos la fraternidad.

La misión y la caridad inspiran, además, el carácter secular de todas las instituciones vicencianas. Es en el mundo donde hay que impulsar el Reino de Dios y vivir la caridad cristiana. Porque es en el mundo donde viven nuestros semejantes y donde tenemos que realizar el proyecto de Dios. De ahí nuestro compromiso con la justicia y la paz y nuestra solidaridad con los que sufren o los que son marginados.

La misión y la caridad fomentan finalmente una espiritualidad seria y comprometida. Una espiritualidad que nos va configurando con Jesucristo-Evangelizador y nos va comprometiendo cada vez más con su misión. Es, por eso, una espiritualidad que cultiva la oración personal, la meditación de las Escrituras y la celebración comunitaria de los sacramentos. Una espiritualidad que moldea en nosotros unas virtudes misioneras: la humildad y la sencillez, la amabilidad y el sacrificio, la caridad y el ardor evangelizador.

Cuatrocientos años después de la aparición de este carisma, los vicencianos hemos de dar gracias a Dios por su actualidad en la Iglesia y nos hemos de urgir a vivirlo y a contagiarlo. =






Sociedad de San Vicente de Paúl
Consejo Superior de España
C/ San Pedro, 3 - 28014 Madrid
Telf.: 91 369 79 90
ssvp@ssvp.es




Formato .pdf