Espiritualidad


 

2016,
AÑO SANTO DE LA MISERICORDIA

PERFIL CRISTIANO DE LA MISERICORDIA
Padre Santiago Azcarate C.M.
Asesor Religioso Nacional
 
Ante la constatación que hace el Papa Francisco sobre “el olvido del tema de la misericordia en la cultura presente”, hemos de responder los cristianos subrayando el perfil cristiano de esa virtud. Desde nuestra existencia nueva como hijos de Dios, su Palabra no nos invita tan sólo a contemplar y a recibir la misericordia del Señor. Nos apremia a practicar la misericordia de acuerdo con unos criterios que se reflejan en la Escritura y en función de nuestro ser creyente y de nuestro ser Iglesia.

Esto nos lleva a constatar, en primer lugar que la misericordia es bienaventuranza y virtud central de nuestra fe cristiana. Antes que un deber costoso, la misericordia es una dicha, una bienaventuranza (Mt 5,7) La dicha que sentimos al acoger, al ayudar, al servir, al perdonar es de mucha calidad; por eso constatamos en la Regla que “los Vicentinos nunca olvidan las bendiciones que reciben a través de las personas que visitan” (1.12) Según esto, no estamos condenados a practicar la misericordia, sino capacitados e invitados a ser misericordiosos. Se trata, por lo tanto, de una virtud esencial en la vida cristiana: allí donde Mt 5,48 dice “sed perfectos...”, Lc 6,36 escribe más tarde: “Sed misericordiosos...”. La perfección evocada por Mateo es la misericordia reclamada por Lucas. Pero la centralidad de la misericordia significa, además, que todas las virtudes que rigen las relaciones de un cristiano deben estar impregnadas de misericordia: nuestra relación con Dios, con los demás, con nosotros mismos, nuestra oración, nuestra vida familiar y de amistad, nuestro trato con las personas y con el trabajo, nuestra relación en las Conferencias han de estar atravesadas por la misericordia. Las actitudes honestas pero intransigentes, sinceras pero descaradas, leales pero exigentes, necesitan del “hervor” de misericordia para ser auténticamente cristianas.

La misericordia humana, en segundo lugar, guarda relación con la misericordia divina.

Es claro en el Nuevo Testamento el nexo entre la misericordia de Dios para con nosotros y la misericordia que nosotros profesamos (Mc 11,25; Mt 6,15; Lc 11,4; Col 3,13). El perdón humano es una consecuencia de que previamente hemos sido perdonados por Dios (y de Él recibimos la fuerza para perdonar). Pero al mismo tiempo el perdón humano es una condición para que Dios nos siga perdonando: “perdona nuestras ofensas, decimos en el Padre Nuestro, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. No es que Dios retire su disposición a perdonarnos. Somos nosotros quienes, al no perdonar, nos hacemos incapaces de experimentar y recibir el perdón de Dios
La importancia cristiana de la misericordia tiene, en tercer lugar, un sólido cimiento: “Cuando lo hicisteis con uno de estos mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,31-46) Lo sorprendente de esta idea es que quien hace misericordia a su prójimo se la hace a Cristo y quien se la niega se la niega a Cristo. Los necesitados son presencia latente del Señor crucificado. Antes de ayudarles  hemos de reconocerlos por la fe. No los socorremos porque sean maravillosos y agradecidos, ni siquiera porque han sido injustamente tratados por la vida. Los acogemos porque están necesitados y, al estarlo, Jesús mismo se acerca en ellos a nosotros y nos dice: “¡Ayúdame!”. “Ninguna página del Evangelio me impresiona tanto como ésta” decía Ch. de Foucault...Nosotros experimentamos frecuentemente una cierta impotencia para entablar un contacto vivo con Dios. ¿Queremos sentirlo más vivamente, más cerca? Acerquémonos a los necesitados. Tal vez no resulte ociosa la sugerencia de San Cesáreo de Arlés en el siglo VI: “Es preciso que la oración y la misericordia vayan juntas. La una suplica; la otra obtiene. La una llama a la puerta; la otra la abre. La una expresa el deseo; la otra procura el efecto deseado. La una pide; la otra hace que sea admitido el que pide”

La misericordia es finalmente una virtud activa, dinámica, laboriosa. Frente a quienes han menospreciado la misericordia por creerla una emoción pasiva del espíritu, hay que recordar que la misericordia cristiana no queda atrapada en la emotividad, sino que necesita traducirse en servicio activo. El buen samaritano no se detuvo en análisis de la situación ni en estériles lamentos. Fue resolutivo y eficaz. A la misma piedad activa nos llaman las cartas de Santiago (2,15ss.) y de San Juan (3,17ss) Hoy, ciertamente, el ejercicio de la misericordia es más complejo. No consiste sólo en ayudar a los pobres, sino en analizar y erradicar las causas de la pobreza. No se reduce a la beneficencia, sino que exige cumplir la justicia. No equivale a dar de lo que nos sobra, sino que nos interpela sobre nuestro nivel de vida. No se trata únicamente de un compromiso individual, sino de una tarea comunitaria. No se cifra en responder sólo a la miseria material, sino también a la miseria moral y espiritual. En todos esos frentes se ha de mostrar la misericordia cristiana ingeniosa y activa.

Nuestra Sociedad San Vicente de Paúl está claramente identificada con estos criterios porque parte de una espiritualidad de encarnación que sabe “ver a Cristo en el pobre y al pobre en Cristo” (2.5) Y se compromete desde ahí a “compartir el amor compasivo y liberador de Cristo, el Evangelizador y Servidor de los pobres” (2.5) La misericordia es, en esta perspectiva, el alma de las Conferencias. Y el esfuerzo por erradicar las causas de la pobreza, trabajar por la justicia social e instaurar la civilización del amor (Regla 7) supone entonces para cada vicentino un compromiso fuerte con el Reino de Dios.






Sociedad de San Vicente de Paúl
Consejo Superior de España
C/ San Pedro, 3 - 28014 Madrid
Telf.: 91 369 79 90
ssvp@ssvp.es




Formato .pdf