Espiritualidad


 

2016,
AÑO SANTO DE LA MISERICORDIA

UNA HUMANIDAD NECESITADA DE MISERICORDIA
Padre Santiago Azcarate C.M.
Asesor Religioso Nacional
 
Pese a la relevancia dada a la misericordia en este Año Santo, no estamos ante una virtud universalmente aceptada. Advertía ya Juan Pablo II en su encíclica “Dives in misericordia” que “el hombre y el mundo contemporáneo tienen gran necesidad de misericordia, aunque con frecuencia no lo saben” (2)

Existen, por una parte, dificultades para vivir hoy con una actitud de misericordia. Dificultades como la cultura de la fuerza. Para esta corriente cultural, la misericordia no sólo es signo de debilidad, sino generadora de pasividad: acostumbra a los débiles a ser socorridos y los hace pasivos y dependientes, incapaces de tomar su destino en sus manos. La misericordia crea así “mendigos crónicos”. Una humanidad evolucionada reclama competición, no compasión. La competición engendra hombres fuertes. La compasión produce seres débiles. En el fondo de esta posición resuena el aforismo de Nietzsche: “¿Dónde reside, hombre, tu mayor peligro? En la compasión”.

Dificultades como la cultura de la reivindicación violenta. Para esta sensibilidad, la misericordia es despreciable porque encubre la injusticia, ofende la dignidad de la persona asistida e induce en el bienhechor una falsa conciencia de satisfacción. Es preciso, dicen, arrojar ese manto hipócrita y defender la justicia incluso con medios violentos. Late en el transfondo de este pensamiento el sello de Marx: “Es preciso hacer estallar todas las situaciones en las cuales el hombre es un ser humillado, esclavizado, indefenso, abandonado”... Es preciso construir un mundo en el que sea imposible, por innecesaria, la misericordia.

Dificultades como la cultura del deseo ilimitado. Para esta mentalidad, el deseo no tolera otras barreras que las estrictamente necesarias para alimentarse continuamente. Ese deseo sin límites excluye toda misericordia. Una persona dominada por él no siente las necesidades de los demás. Aun en el caso de que llegue a descubrirlas, la satisfacción de su deseo le resulta siempre más importante y más imperiosa que la ayuda al necesitado. La misericordia requiere de nosotros una capacidad de renunciar a las exigencias desmedidas de nuestros deseos. Allí donde no se poda el deseo, muere la planta de la misericordia.

No debemos menospreciar sin más las dificultades modernas ante la misericordia. Dentro de su evidente exageración, contienen elementos de verdad y denuncian comportamientos que revelan una dudosa misericordia. Habrá que purificar, por tanto, nuestra idea de misericordia. Porque muchas veces subsisten en la comunidad cristiana caricaturas de la misericordia: formas paternalistas de practicar la misericordia que hieren la dignidad de los necesitados (asistencia sin promoción, gestos de superioridad, tratar de acallar la conciencia...)

Porque hemos de ser conscientes de las graves dificultades de la cultura predominante: Dejarnos interpelar por las acusaciones de la cultura moderna no significa estar de acuerdo con ellas. En definitiva, la cultura del poder lleva al menosprecio de los débiles; la cultura de la reivindicación violenta conduce a la intransigencia; y la cultura del deseo desemboca en la apatía. Menosprecio, intransigencia y apatía ahogan la misericordia. En el fondo de esos tres rasgos que sofocan la misericordia está la pretensión del ser humano contemporáneo de erigirse en valor absoluto del mundo.

Porque la cultura predominante está dentro de nosotros. Influidos por la cultura ambiente, corremos el peligro de contagiarnos de algunos de sus rasgos e insensibilizarnos para la misericordia. Estamos así expuestos a la presión de la competitividad que transforma el mundo en una carrera de obstáculos. O podemos incurrir en un espíritu reivindicativo que nos lleva a exigir más de continuo (los hijos a los padres, los ciudadanos a las autoridades, los particulares a los superiores...) sin exigirnos a nosotros mismos. O nos instalamos en una cierta apatía porque nos creamos muchas necesidades que nos impiden atender las auténticas de los otros... Es legítimo, en verdad, velar por los propios intereses, pero es empobrecedor quedar confinado en ellos. De ahí que nos hayamos de dejar espolear por el espíritu evangélico para no ceder a tantas tentaciones de paganismo.

Pese a las dificultades reseñadas, hay indicadores entre nosotros que atestiguan una cierta añoranza de esta virtud tan necesaria. Indicadores como el sentimiento de culpabilidad: Lo queramos o no, nos sabemos en ocasiones defraudados ante nosotros mismos, experimentamos el disgusto de los otros y sentimos una cierta culpa ante Dios. Ese estado interior suscita en nosotros el anhelo de misericordia.

Indicadores como el fracaso: En alguno de sus tipos, el fracaso está hoy a la orden del día (escolar, profesional, familiar...). Ese fracaso introduce en las propias personas la duda acerca de su valía y debilita el sentimiento de su propia dignidad. Pero despierta al mismo tiempo la necesidad de alguien que acompañe en la desgracia y ayude a recuperar la autoestima y la esperanza. La misericordia de los demás se convierte así en ungüento para nuestros pesares.

E indicadores como la nueva sensibilidad para los marginados: los marginados de la sociedad y del Tercer Mundo han sido redescubiertos por la comunidad cristiana y por la misma sociedad humana y se han multiplicado las organizaciones de ayuda. Esta mayor proximidad a los necesitados no puede ser únicamente fruto del deseo de justicia. Porque esa mayor proximidad no se reduce a luchar por los derechos de los pobres. Se pone a servirlos acercándose, dejándose interpelar, sintiendo su drama, poniéndose a su servicio. Late en todo este movimiento una fibra humana que se deja afectar por la miseria. Y hay un nombre cristiano para esta noble actitud: misericordia.






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