Espiritualidad


 

2016,
AÑO SANTO DE LA MISERICORDIA

SIGNOS DE LA MISERICORDIA
Padre Santiago Azcarate C.M.
Asesor Religioso Nacional
 
Tras resaltar la importancia de la virtud de la misericordia, el Papa Francisco ofrece en la Bula “Misericordiae Vultus” algunos gestos que podemos subrayar en este año y que han de afianzar en nosotros la vivencia de la misericordia.

Se refiere, en primer lugar, a la peregrinación, que es un signo del camino que cada persona realiza en su existencia. La vida es una peregrinación y el ser humano un peregrino que camina hacia la meta anhelada. Esta peregrinación que se nos propone será un estímulo para la conversión, ya que atravesar la puerta santa nos llevará a dejarnos abrazar por la misericordia de Dios y a comprometernos a ser misericordiosos. El mismo Jesucristo nos señala las etapas de esta peregrinación (Lc 6,37-38) La primera es “no juzgar y no condenar”, porque nadie puede convertirse en el juez de su hermano. Se trata, más bien, de aprender a percibir lo que de bueno hay en cada persona y no permitir que haya de sufrir por nuestro juicio parcial o nuestra presunción de saberlo todo. Sin embargo, esto no es suficiente para vivir la misericordia. Por eso, se nos pide, en segundo lugar, “perdonar y dar”: ser instrumentos del perdón y ser generosos con todos.

Apela el Papa Francisco, después, a que realicemos la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales. Porque hay muchas heridas en los seres humanos hoy, la Iglesia nos llama a aliviar, a consolar, a curar. “¡No caigamos en la indiferencia!”, clama el Papa; sino abramos nuestros ojos y nuestro corazón a las miserias del mundo y a las heridas de nuestros hermanos. En este sentido, nos llama Francisco a reflexionar sobre las casi olvidadas obras de misericordia: las corporales y las espirituales. Confrontarnos con ellas nos llevará a comprender si estamos viviendo o no como discípulos del Señor. Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir a los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia a las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos.

En la celebración del sacramento de la reconciliación, advierte Francisco, podemos reencontrar también el rostro compasivo de la misericordia de Dios y redescubrir el sentido de la propia vida. Este sacramento es un signo concreto del perdón y la misericordia de Dios. Al celebrarlo, experimentamos la alegría de ser acogidos por el Padre y envueltos en su amor compasivo. Llega a ser así el sacramento de la reconciliación fuente de verdadera paz.

Porque creemos en un Dios que es misericordia, nuestro corazón ha de inclinarse a la conversión, buscando desde el Señor un cambio de vida. El Papa se dirige con mayor insistencia a las personas que se encuentran más lejos de la gracia debido a su conducta de vida. Habla en particular de hombres y mujeres que pertenecen a algún grupo criminal; y de las personas promotoras o cómplices de la corrupción. A todos ellos les recuerda que este es el tiempo oportuno para cambiar de vida; para dejarse tocar el corazón y empezar un camino nuevo. Camino que implica convertirse y someterse a la justicia mientras la Iglesia les ofrece misericordia. Esta llamada a la conversión nos afecta en realidad a todos nosotros. Probablemente no nos sentimos concernidos por esos grupos a los que se refiere Francisco. Pero todos observamos en nuestra vida algún aspecto que necesita ser convertido: resentimientos, envidias, avaricia, recelos, indiferencias, rutinas, pasotismo… Por eso, también es este para nosotros un tiempo oportuno de sacudida, de reflexión y de cambio.

Insta, en quinto lugar, el Papa Francisco a un compromiso con la justicia. Aunque en ocasiones haya quedado obscurecida, es evidente la conexión entre justicia y misericordia. No son dos actitudes contrapuestas, sino complementarias, ya que implican un desarrollo progresivo que alcanza su cumbre en la plenitud del amor. Evocando el mensaje del profeta Oseas, “misericordia quiero y no sacrificios”, Jesús afirma que la regla de vida de sus discípulos ha de ser la del primado de la misericordia, como Él mismo testimonia compartiendo la mesa con los pecadores. Este será el recorrido del apóstol Pablo, que partiendo del servicio estricto a la Ley cuando era fariseo (Flp 3,5-6) hace depender enteramente su vida de la fe una vez que conoce a Cristo (Flp 3,7-9) En esta perspectiva cristiana, la misericordia no es contraria a la justicia, sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una oportunidad para examinarse, convertirse y creer. Dios ciertamente es consciente de nuestro pecado y lo aborrece; pero va más allá de castigarlo y ofrece en su ternura la posibilidad de superarlo. No es que Dios minimice de ese modo la justicia, sino que la engloba y supera en una actitud superior donde se descubre el amor que está en la base de la verdadera justicia.

El signo último de la misericordia es experimentar el gozo de la indulgencia. Todos nosotros vivimos la experiencia del pecado. Mientras percibimos la potencia de la gracia que nos transforma, experimentamos la fuerza del pecado que nos condiciona. En el sacramento de la Reconciliación, Dios perdona los pecados, aun cuando permanece en nosotros la huella de esos mismos pecados. Y es aquí donde Dios interviene activando la indulgencia que, a través de la Iglesia, nos libera de toda consecuencia del pecado y nos habilita para obrar con caridad y seguir creciendo en el amor. Porque la Iglesia vive la comunión de los santos, es capaz con su oración y su vida de hacer que se encuentre la debilidad de unos con la santidad de otros.

Ahondar en todos estos signos a lo largo de este año, y con la mirada puesta en María, Madre de Misericordia, nos permitirá crecer como testigos de la misericordia.






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