Espiritualidad


 

2016,
AÑO SANTO DE LA MISERICORDIA

LA MISERICORDIA EN LA VIDA DE LA IGLESIA Y DE LA SSVP
Padre Santiago Azcarate C.M.
Asesor Religioso Nacional
 
Si la misericordia sintetiza el misterio de la fe cristiana, podemos entender, con el Papa Francisco, que la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral ha de estar revestido por la ternura hacia las personas. La credibilidad de la Iglesia pasa por el camino del amor compasivo y misericordioso. La insistencia a menudo en la justicia puede hacernos olvidar que esta virtud es el primer paso, necesario e indispensable, para la relación entre los hombres. Pero la Iglesia necesita ir más lejos, alcanzar una meta más alta: la de la misericordia y el perdón. Se trata de volver a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar al futuro con esperanza.

Ya Juan Pablo II hacía notar el olvido del tema de la misericordia en la cultura actual: “La palabra y el concepto de misericordia, decía en “Dives in misericordia”, parecen producir una cierta desazón en el hombre, quien, gracias a los adelantos tan enormes de la ciencia y de la técnica, como nunca fueron conocidos antes en la historia, se ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que en el pasado (Gén 1,28) Tal dominio sobre la tierra, entendido tal vez unilateral y superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia… Debido a esto, muchos hombres y muchos ambientes, guiados por un vivo sentido de la fe, se dirigen casi espontáneamente a la misericordia de Dios” (nº 2).

En este contexto, se hace urgente para la Iglesia dar testimonio en el mundo de la misericordia humana y divina. Porque, como decía también Juan Pablo II, “la Iglesia vive una vida auténtica cuando profesa y proclama la misericordia, el atributo más estupendo del Creador y del Redentor, y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora” (DiM 13)

Es claro, pues, que la Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio. Comprometida hoy en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo, del que ella se hace sierva y mediadora. Por eso, allí donde la Iglesia se haga presente, allí ha de ser evidente la misericordia del Padre.

No podemos olvidar el imperativo de Jesús en el Evangelio según san Lucas: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36) Estamos ante un programa de vida tan comprometedor como rico de alegría y paz. Ese imperativo de Jesús se dirige a cuantos escuchan su voz (Lc 6,27) lo cual significa que hemos de recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige e interiorizarla, Y podremos así contemplar la misericordia de Dios y asumirla como estilo de vida.

Precisamente, ese ha de ser el estilo de vida del vicentino. En la conferencia del 6 de Agosto de 1656, San Vicente de Paúl les decía a sus compañeros que quienes vieran a un misionero pudieran decir “¡He aquí un hombre lleno de misericordia!” (XI, 233) Lo mismo se tendría que aplicar a cada uno de nosotros llevando como llevamos el apelativo de vicentinos: “¡He ahí una persona llena de misericordia!”. Al fin y al cabo, caridad, virtud a la que tanto apelamos, significa amor; y misericordia no es otra cosa sino corazón que se apiada, que se compadece, que ama. Ha de ser, por lo tanto, la misericordia una característica patente en el vicentino, lo cual supone una serie de implicaciones.
En primer lugar, imitar a Jesucristo-Misericordioso. Porque deseamos corresponder al amor de Cristo hacia todos los hombres, entregándonos con esperanza a sus preferidos, los pobres (Regla 2.1) es la imitación de Jesucristo-Misericordioso el fundamento que nos hemos de proponer, lo cual supone revestirse de las actitudes de ese Cristo-Misericordioso; actitudes como la humildad, la sencillez, la afabilidad, el sacrificio... (2.5.1) Y lo cual supone, al mismo tiempo, que, al igual que para el Hijo de Dios, tampoco para nosotros hay miseria alguna que podamos considerar como extraña (1.3)

Tenemos que aplicar, además, una atención personal y una ayuda integral a los necesitados. Nuestra vocación es “seguir a Cristo a través del servicio a los que lo necesitan y de esa forma ser testigos de Su amor compasivo y liberador. Los consocios realizan su entrega mediante un encuentro de persona a persona” (1.2) No faltos hoy los pobres entre nosotros de recursos sociales y humanos, necesitan claramente atención personal, alguien que les escuche, los valore, los mire de manera diferente, les haga sentirse humanos. Esto implica naturalmente interesarse por su entera situación personal y atenderles corporal y espiritualmente. Para ello, queremos valernos de las visitas, en las que nos entregamos personalmente a los pobres (2.2) y queremos “aliviar su sufrimiento y fomentar su dignidad e integridad humana” (1.3) conscientes de que “el desarrollo verdadero es el del hombre en su integridad” (Comentario al 1.3) Se trata, por lo tanto, en nosotros de una misericordia activa, enérgica, dinamizadora, transformante (1.10; 2.2; 7.1; 7.6)

Dice la Regla, por otra parte, que los vicentinos “crecen más perfectos en el amor, expresando un amor compasivo y tierno hacia el pobre y entre ellos” (2.2) Esta llamada a la compasión tiene que determinar nuestra vocación vicentina. Una compasión que no queda en un tierno sentimiento sino que supone un compartir el estado de nuestro prójimo. Ante cualquier necesitado nuestra misericordia habrá de ser “maternal y paternal”, al estilo de la misericordia de Dios. La ternura, la suavidad, el afecto, la caricia, la larga compañía, las palabras de consuelo son aspectos preferentemente maternales de esa compasión. Y el cuidado responsable y solícito, la mansa firmeza para no ceder a sus demandas excesivas, la paciencia para tolerar sus impertinencias serán actitudes preferentemente paternales. En cualquiera de los casos, hemos de tener presente que la misericordia que practicamos para con los pobres es la vía más adecuada para que descubran la misericordia de Dios.

Nos ha de distinguir finalmente la búsqueda de los más débiles. “Fiel al espíritu de sus fundadores, la Sociedad da prioridad a los más pobres de los pobres y a aquellos que son especialmente rechazados por la sociedad” (1.6) Esta preocupación de los fundadores de entregarse a los más pobres de entre los pobres no es sino una prolongación de la vocación tan característica de Jesús de “buscar lo que estaba perdido”. Buscar lo perdido para asistirlo y rehabilitarlo (familias desestructuradas, inmigrantes sin formación ni recursos, personas con necesidad de alimentos…) Buscar lo perdido para acompañarlo hasta el final (albergues, visitas a enfermos…) Mostramos con nuestra misericordia en todos esos casos que la dignidad del hombre no depende de su calidad ni de su utilidad, sino de su condición de persona y de su cualidad de hijo de Dios.






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