Espiritualidad


 

2016,
AÑO SANTO DE LA MISERICORDIA

JESÚS REVELA LA MISERICORDIA DE DIOS
Padre Santiago Azcarate C.M.
Asesor Religioso Nacional
 
Escribe el Papa Francisco en la Bula “Misericordiae Vultus” que, con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso, podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad. Ese amor que es Dios se hace visible y palpable en toda la vida de Jesús de Nazaret. Su persona, sus gestos y sus palabras, sus actitudes y sus enseñanzas no son otra cosa sino expresión de la misericordia divina.

Cuando Jesús ve a las personas cansadas y perdidas, como ovejas sin pastor, siente una intensa compasión (Mt 9,36) Por causa de ese amor compasivo cura a los enfermos (Mt 14,14) y sacia el hambre de muchedumbres (Mt 15,37) Ante la viuda de Naím y su hijo muerto, sufre profundamente e interviene con el milagro. La propia llamada de Mateo al discipulado está motivada por la compasión (Mt 9, 9) Comenta San Beda el Venerable esta escena diciendo que Jesús miró a Mateo con amor misericordioso y lo eligió (“miserando atque eligendo”) Tanto llama la atención del Papa Francisco esta expresión que la ha hecho su propio lema.

Ciertamente, Jesús es el primero en vivir del todo desde la compasión de Dios, desafiando claramente el sistema de santidad y pureza que predominaba en la sociedad judía. Lo que le mueve es la compasión. Quiere que los enfermos experimenten ya en su propia carne la misericordia de Dios. Y la gente captó enseguida la novedad que introducía Jesús. Su actuación era muy diferente de la del Bautista. Éste organizaba su misión en función del pecado. Era su gran preocupación: denunciar los pecados y llamar al Bautismo de conversión. Jesús, sin embargo, veía todo desde la compasión de Dios. Lo que a Él le preocupaba era el sufrimiento que destruía a las personas. Jesús no recorre Palestina buscando pecadores para convertirlos de sus pecados, sino acercándose a enfermos y endemoniados para liberarlos de su sufrimiento. Su misión es más “terapéutica” que “moral” o “religiosa”. No es que no le preocupe el pecado, sino que, para Él, el pecado que más se opone a Dios es causar sufrimiento o tolerarlo con actitud indiferente.

En esta dinámica, pronto se acercaron a Jesús todo tipo de gentes desgraciadas y desvalidas. El profeta de la misericordia de Dios atraía sobre todo a los que vivían hundidos en la miseria. No tanto a los pobres, esa inmensa mayoría de la población que luchaba por la supervivencia. Los que rodean a Jesús son los desposeídos de todo, los que no tienen lo necesario para vivir. Vagabundos sin techo, que se cubren con harapos y no saben lo que es comer carne o pan de trigo. Hay jornaleros sin trabajo fijo y campesinos que huyen de sus acreedores. Muchas de esas personas que siguen a Jesús son mujeres. Todas estas gentes tienen un rasgo en común: viven en un estado de miseria del que nunca podrán escapar. Son el “material sobrante” de aquella sociedad. Vidas sin futuro. Parece que no interesan a nadie. Pero, en Jesús, comprobamos que le interesan a Dios.

Entendemos, por eso, no sólo la vida, sino también las enseñanzas de Jesús. En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta superar el rechazo del pecado con la misericordia y la compasión. Conocemos concretamente tres de esas parábolas: la de la oveja perdida, la de la moneda extraviada y la del hijo pródigo (Lc 15, 1-32) En estas parábolas Dios siempre es presentado como lleno de alegría, especialmente cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de la fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo lo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón.

De otra parábola se puede extraer una clara enseñanza para nuestro estilo de vida cristiano. Recordamos la pregunta de Pedro: “¿cuántas veces hemos de perdonar?” Y recordamos mejor la respuesta de Jesús: “No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18,22) Y cuenta entonces el Señor una parábola: la de aquel rey que perdona la gran deuda de su criado; pese a lo cual, éste se muestra después incapaz de perdonar la pequeña deuda que con él tenía contraída uno de sus compañeros. Enterado el rey, vuelve a llamar a su criado y le increpa: “¿No debías tener tú compasión de tu compañero como yo la tuve de ti?... y lo entregó a los verdugos” Concluye Jesús diciendo que “lo mismo hará mi Padre celestial con vosotros si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano” (Mt 18, 32-35)

Estamos ante una profunda enseñanza de Jesús: la misericordia no es sólo el obrar del Padre, sino que se convierte al mismo tiempo en un criterio para saber quiénes son realmente sus hijos. Estamos llamados a practicar la misericordia, porque a nosotros mismos se nos ha aplicado misericordia. Debemos perdonar porque nosotros mismos somos perdonados. Pero es que, además, Jesús subraya la misericordia como ideal de vida y como criterio de credibilidad de nuestra fe cuando dice en las Bienaventuranzas: “Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7)

La misericordia es, pues, en Jesucristo la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y palpable. Y es que el amor no es una palabra abstracta ni una complicada teoría. El amor es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamiento, gestos que se verifican en el vivir de cada día. La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros. Él se siente responsable, desea nuestro bien y quiere vernos felices. Y esto es lo que ha de orientar nuestro amor misericordioso. Desde el testimonio de Cristo, la enseñanza es clara: como ama el Padre, así hemos de amar los hijos; porque Él es misericordioso, así hemos de serlo nosotros.

 
Si la misericordia sintetiza el misterio de la fe cristiana, podemos entender, con el Papa Francisco, que la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral ha de estar revestido por la ternura hacia las personas. La credibilidad de la Iglesia pasa por el camino del amor compasivo y misericordioso. La insistencia a menudo en la justicia puede hacernos olvidar que esta virtud es el primer paso, necesario e indispensable, para la relación entre los hombres. Pero la Iglesia necesita ir más lejos, alcanzar una meta más alta: la de la misericordia y el perdón. Se trata de volver a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar al futuro con esperanza.

Ya Juan Pablo II hacía notar el olvido del tema de la misericordia en la cultura actual: “La palabra y el concepto de misericordia, decía en “Dives in misericordia”, parecen producir una cierta desazón en el hombre, quien, gracias a los adelantos tan enormes de la ciencia y de la técnica, como nunca fueron conocidos antes en la historia, se ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que en el pasado (Gén 1,28) Tal dominio sobre la tierra, entendido tal vez unilateral y superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia… Debido a esto, muchos hombres y muchos ambientes, guiados por un vivo sentido de la fe, se dirigen casi espontáneamente a la misericordia de Dios” (nº 2).

En este contexto, se hace urgente para la Iglesia dar testimonio en el mundo de la misericordia humana y divina. Porque, como decía también Juan Pablo II, “la Iglesia vive una vida auténtica cuando profesa y proclama la misericordia, el atributo más estupendo del Creador y del Redentor, y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora” (DiM 13)

Es claro, pues, que la Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio. Comprometida hoy en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo, del que ella se hace sierva y mediadora. Por eso, allí donde la Iglesia se haga presente, allí ha de ser evidente la misericordia del Padre.

No podemos olvidar el imperativo de Jesús en el Evangelio según san Lucas: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36) Estamos ante un programa de vida tan comprometedor como rico de alegría y paz. Ese imperativo de Jesús se dirige a cuantos escuchan su voz (Lc 6,27) lo cual significa que hemos de recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige e interiorizarla, Y podremos así contemplar la misericordia de Dios y asumirla como estilo de vida.

Precisamente, ese ha de ser el estilo de vida del vicentino. En la conferencia del 6 de Agosto de 1656, San Vicente de Paúl les decía a sus compañeros que quienes vieran a un misionero pudieran decir “¡He aquí un hombre lleno de misericordia!” (XI, 233) Lo mismo se tendría que aplicar a cada uno de nosotros llevando como llevamos el apelativo de vicentinos: “¡He ahí una persona llena de misericordia!”. Al fin y al cabo, caridad, virtud a la que tanto apelamos, significa amor; y misericordia no es otra cosa sino corazón que se apiada, que se compadece, que ama. Ha de ser, por lo tanto, la misericordia una característica patente en el vicentino, lo cual supone una serie de implicaciones.
En primer lugar, imitar a Jesucristo-Misericordioso. Porque deseamos corresponder al amor de Cristo hacia todos los hombres, entregándonos con esperanza a sus preferidos, los pobres (Regla 2.1) es la imitación de Jesucristo-Misericordioso el fundamento que nos hemos de proponer, lo cual supone revestirse de las actitudes de ese Cristo-Misericordioso; actitudes como la humildad, la sencillez, la afabilidad, el sacrificio... (2.5.1) Y lo cual supone, al mismo tiempo, que, al igual que para el Hijo de Dios, tampoco para nosotros hay miseria alguna que podamos considerar como extraña (1.3)

Tenemos que aplicar, además, una atención personal y una ayuda integral a los necesitados. Nuestra vocación es “seguir a Cristo a través del servicio a los que lo necesitan y de esa forma ser testigos de Su amor compasivo y liberador. Los consocios realizan su entrega mediante un encuentro de persona a persona” (1.2) No faltos hoy los pobres entre nosotros de recursos sociales y humanos, necesitan claramente atención personal, alguien que les escuche, los valore, los mire de manera diferente, les haga sentirse humanos. Esto implica naturalmente interesarse por su entera situación personal y atenderles corporal y espiritualmente. Para ello, queremos valernos de las visitas, en las que nos entregamos personalmente a los pobres (2.2) y queremos “aliviar su sufrimiento y fomentar su dignidad e integridad humana” (1.3) conscientes de que “el desarrollo verdadero es el del hombre en su integridad” (Comentario al 1.3) Se trata, por lo tanto, en nosotros de una misericordia activa, enérgica, dinamizadora, transformante (1.10; 2.2; 7.1; 7.6)

Dice la Regla, por otra parte, que los vicentinos “crecen más perfectos en el amor, expresando un amor compasivo y tierno hacia el pobre y entre ellos” (2.2) Esta llamada a la compasión tiene que determinar nuestra vocación vicentina. Una compasión que no queda en un tierno sentimiento sino que supone un compartir el estado de nuestro prójimo. Ante cualquier necesitado nuestra misericordia habrá de ser “maternal y paternal”, al estilo de la misericordia de Dios. La ternura, la suavidad, el afecto, la caricia, la larga compañía, las palabras de consuelo son aspectos preferentemente maternales de esa compasión. Y el cuidado responsable y solícito, la mansa firmeza para no ceder a sus demandas excesivas, la paciencia para tolerar sus impertinencias serán actitudes preferentemente paternales. En cualquiera de los casos, hemos de tener presente que la misericordia que practicamos para con los pobres es la vía más adecuada para que descubran la misericordia de Dios.

Nos ha de distinguir finalmente la búsqueda de los más débiles. “Fiel al espíritu de sus fundadores, la Sociedad da prioridad a los más pobres de los pobres y a aquellos que son especialmente rechazados por la sociedad” (1.6) Esta preocupación de los fundadores de entregarse a los más pobres de entre los pobres no es sino una prolongación de la vocación tan característica de Jesús de “buscar lo que estaba perdido”. Buscar lo perdido para asistirlo y rehabilitarlo (familias desestructuradas, inmigrantes sin formación ni recursos, personas con necesidad de alimentos…) Buscar lo perdido para acompañarlo hasta el final (albergues, visitas a enfermos…) Mostramos con nuestra misericordia en todos esos casos que la dignidad del hombre no depende de su calidad ni de su utilidad, sino de su condición de persona y de su cualidad de hijo de Dios.






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