Espiritualidad


 

2016,
AÑO SANTO DE LA MISERICORDIA

DIOS ES MISERICORDIA Y COMPASIÓN
Padre Santiago Azcarate C.M.
Asesor Religioso Nacional
 
El 13 de Marzo de 2015 el Papa Francisco anunciaba en la Basílica de San Pedro la celebración de un año santo extraordinario dedicado a la misericordia. Se abría ese Año el 8 de diciembre y la clausura tendrá lugar el 20 de Noviembre de 2016 coincidiendo con la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Se abría el 8 de Diciembre porque marcaba esa fecha el cincuentenario de la clausura del Concilio Vaticano II, un Concilio que, a decir de Pablo VI, tuvo en la parábola del Buen Samaritano la pauta de su espiritualidad. Un Concilio que pretendió poner a la Iglesia en una única dirección: la de servir al hombre en todas sus condiciones, en todas sus debilidades y en todas sus necesidades (Alocución de Pablo VI).

De lo que se trata ahora es de colocar la misericordia de Dios en el centro del horizonte cristiano. Con mucha frecuencia se ha insistido en la Iglesia en aspectos importantes como la liturgia, la doctrina moral, el Código de Derecho, la relevancia de la catequesis o la ortodoxia de la fe. Y a lo mejor se han tenido menos en cuenta otros aspectos como la responsabilidad social, el cuidado de la creación, la dignidad de la persona o la virtud de la misericordia.

Invita, por eso, el Papa a la alegría de redescubrir y hacer fecunda en este año la misericordia de Dios, con la cual todos somos llamados a dar consuelo a las personas de nuestro tiempo. Redescubrir la misericordia de Dios es alentar nuestra fe en un Dios que se revela como Padre; es sostener nuestra esperanza en un Dios que nos comprende y nos justifica; es estimular nuestra caridad para mostrarnos también nosotros siempre amables y compasivos, haciendo así verdad el objetivo de nuestra vocación vicentina: “ser testigos del amor compasivo y liberador de Cristo” (Regla 1.2)

Resulta, por tanto, imprescindible que reflexionemos sobre la misericordia como actitud que identifica nuestra condición creyente. Toda la Iglesia está llamada a esta reflexión. Pero hemos de sentirnos especialmente urgidos nosotros los vicentinos, que tenemos en la caridad el alma de nuestro carisma. Porque, ¿qué es la misericordia sino otra expresión de la virtud de la caridad? Iremos, pues, a lo largo del año resumiendo en estas páginas el contenido de la Bula “Misericordiae Vultus” del Papa Francisco para mejor sintonizar con su mensaje.

Parte el Santo Padre de una afirmación esencial: “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra”. El Padre, rico en misericordia (Ef 2,4) se reveló ya a Moisés como un Dios “compasivo y misericordioso” (Ex 34,6) Pero ha sido después en Jesucristo en quien ha manifestado la plenitud de su misericordia y su amor.

Misericordia es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad; es el camino concreto por el que Dios viene a nuestro encuentro; es la ley fundamental que habita en el corazón de cada ser humano; es la vía que une a Dios y al hombre, porque abre nuestro interior a la esperanza de que somos amados a pesar de nuestro pecado. Ante la gravedad de este pecado, de esa lejanía nuestra con respecto a Dios, Él responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona.

Ya decía santo Tomás de Aquino que “es propio de Dios usar de la misericordia, y es especialmente en esto donde se manifiesta su omnipotencia”. Eso mismo lo advierte una de las más antiguas oraciones de la liturgia cuando nos invita a orar diciendo “Oh Dios, que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón”. A menudo tendemos a pensar que el poder está reñido con la misericordia y que ha de ser frío y despiadado si quiere imponerse. Pero en la perspectiva divina es al contrario: el poder no se manifiesta en la fuerza, sino en la misericordia; no se impone por la coacción, sino por el amor.

Cuando en el Antiguo Testamento se quiere describir la naturaleza de Dios, se recurre con frecuencia a las palabras “paciente y misericordioso”. Los Salmos destacan concretamente esta grandeza del proceder divino: “Él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura” (103,4) “El Señor liberta a los cautivos, abre los ojos a los ciegos, sustenta al huérfano y a la viuda” (146,7-9) “El Señor sana los corazones afligidos y venda sus heridas (147.3) Según esto, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta en la cual se manifiesta su amor: un amor como el de un padre o una madre que se conmueve hasta las entrañas por la situación de sus hijos. Es, por tanto, un amor íntimo, profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y perdón.

Recordamos, sin duda, el estribillo que acompaña cada versículo del Salmo 136 mientras se cuenta la historia de la revelación de Dios: “Eterna es su misericordia”. En virtud de la misericordia, todos los acontecimientos de la historia de Israel están cargados de un profundo valor salvífico. La misericordia hace de la historia de Dios con su pueblo una historia de salvación. Repetir continuamente que es eterna su misericordia parece un intento por romper el círculo del espacio y del tiempo para introducirlo todo en el misterio eterno del amor. Es como si se quisiera decir que no sólo en la historia, sino también en la eternidad, el hombre estará siempre bajo la mirada misericordiosa de Dios.

El mismo Jesucristo oró antes de la Pasión con este salmo de la misericordia, como lo atestigua el evangelista Mateo (26,30) Y en ese mismo horizonte de la misericordia quiso vivir el Señor el misterio de su pasión y muerte. Por todo ello, proclamar que “es eterna su misericordia” ha de formar parte de nuestra oración cotidiana.






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