Divulgación
 
EL BIENAVENTURADO JACOPONE DE TODI
Por Federico Ozanam
Introducción Juan Manuel Buergo, Vicepresidente SSVP España

En su delicioso libro dedicado a los poetas franciscanos de Italia en el siglo XIII, me llamó la atención como Federico Ozanamse complace en contarnos la vida y obras del bienaventurado Jacopone de Todi. Una vida realmente fantástica relatada con fina ironía y no exenta de un humor que sorprende. Lo divide en dos capítulos, uno, dedicado a su vida, que es el que se relata aquí, y el siguiente capítulo, dedicado a sus poesías.

Nos cuenta Agustín Gemelli OFM, de Federico: “A su espíritu cristiano y culturalmente preparado el paisaje umbro descubrió, mejor que cualquier comentario, el secreto del Cántico del Hermano Sol, de las Florecillas, de las Laudes de San Buenaventura y de Jacopone, que el erudito francés sólo conocía en la aridez del papel impreso. Asís, entonces rejuvenecida por la primavera, no dejó partir a su digno huésped sin sugerirle todo el plan de una obra que había de revelar al mundo intelectual los poetas franciscanos del siglo XIII. Ozanam con la literatura italiana y franciscana fueron reconocidos por la Academia de la Crusca, que le nombró miembro suyo, y por la Orden de Frailes Menores, que le honró con la fraternidad franciscana mediante diploma sellado por el ministro general. Ambas condecoraciones consolaron al noble escritor en los últimos meses de su vida”.

En este amplio extracto del capítulo me he ceñido al texto original para no perder la riqueza de las descripciones, aunque debido su extensión he tenido alguna vez que suprimir algún párrafo que consideré de menos interés en el relato.
Quiero, antes de transcribir esta vida, escrita por Ozanam, reseñar que Jacopone es el autor del “Stabat Mater Dolorosa” (Estaba la Madre Sufriendo), plegaria que medita sobre el sufrimiento de María durante la crucifixión de Jesús. Es una de las composiciones literarias a la que más se le ha puesto música; cerca de 200 compositores diferentes, de distintas épocas, géneros, estilos y visión musical. Asimismo es el autor de “Stabat Mater Speciosa” (Estaba la Madre Hermosa) que es un himno que narra la alegría de la Virgen María por la Natividad de Jesús. La primera vez que aparece, es en una edición de 1495 de los poemas italianos de Jacopone de Todi, junto con el otro Stabat Mater, pero El Speciosa fue olvidado hasta que fuera nuevamente transcrito en 1852 precisamente por Ozanam en este libro, de los poetas franciscanos. Desde entonces El Speciosa, se ha considerado como uno de los más tiernos himnos marianos y uno de los siete himnos latinos medievales más importantes.

Este es el relato de la azarosa vida del penitente de Todi, contado por Federico Ozanam, donde además se cuenta la causa de la fractura franciscana y también algunas pinceladas muy curiosas de la Historia de los Papas de la época.

He aquí el relato por pluma de Ozanam:
Este fue el destino de un italiano más antiguo que Dante, y en quien la Orden de San Francisco halló su poeta más popular y más inspirado.
En la bellísima ciudad de Todi, en plena Umbría, muy cerca de Asís, antes de la mitad del s. XIII -se estima en 1236-, los Benedetti celebraban el bautismo de un niño llamado Jacobo.
Jacobo de Benedetti, un hombre extraordinario, que pasó del claustro a la prisión y de la prisión a los altares, fue despreciado como un insensato y castigado como un malhechor.
Jacobo recorrió rápidamente, los tres grados que formaban entonces, como en tiempos de los romanos, todo el plan de enseñanza profana, es decir gramática retórica y jurisprudencia. El estudio de las leyes le hizo marchar a Bolonia y creo reconocer las costumbres de esta famosa escuela cuando Jacobo describe las prodigalidades de su juventud, la vanidad de vestirse bien y dar mucho, los festines y las fiestas en las cuales todo el oro de Siria no bastaría.
Jacobo de Benedetti fue promovido a doctorado y según la costumbre fue paseado a caballo con ropa de púrpura y precedido de cuatro trompeteros de la universidad. Nada igualaba entonces al crédito los doctores en Derecho, escogían los príncipes, entre ellos a sus cancilleres  y a su podestá, que era el que ejercitaba los poderes ejecutivos, administrativos, judiciales y de policía, siendo de hecho el instrumento más importante de la aplicación de las leyes. Jacobo persiguió la fortuna con más habilidad que escrúpulo y pronto destacó entre los suyos. A tantas prosperidades creyó haber añadido la felicidad verdadera cuando, entre todas las muchachas solteras de Todi, eligió una compañera perfectamente bella, con todos los dones de riqueza, nacimiento y virtud (1). Pero allí era donde esperaba uno de esos terribles golpes que fuerzan a los hombres a acordarse de Dios.
Aconteció que un día del año 1268 la ciudad de Todi celebraba juegos públicos. Fue invitada la joven esposa del jurisconsulto; tomo asiento en un estrado cubierto y destinado a las mujeres nobles para disfrutar de la fiesta. De pronto la tribuna se derrumbó y allí se precipitó Jacobo a recoger a su mujer, aun palpitante, entre las víctimas. Queriéndola liberarla de las ropas que la oprimían ella rechazaba con una mano los esfuerzos de su marido, hasta que pudo hacerlo. Bajo las ricas telas que vestía llevaba un cilicio y en el mismo instante, la moribunda rindió su último suspiro.
Panorámica de la bellísima plaza de Todi, donde se celebraban los juegos
Esa muerte repentina, esas austeras costumbres en una persona criada entre todas las delicadezas de la opulencia, la certeza de ser el único culpable de los pecados que expiaba bajo ese cilicio, impresionaron al jurisconsulto de Todi como un relámpago.
Pasados algunos días del más triste estupor, vendió todos los bienes para distribuirlos entre los pobres; se le hallaba cubierto de harapos, recorriendo las iglesias y las calles perseguido por los niños, que le señalaban con el dedo y le llamaban Jacobo el insensato, Jacopone.  Se refiere, incluso, que invitado a la boda de su sobrina se presentó bajo un extraño disfraz, erizado de plumas, quizá para burlarse de la frivolidad de los placeres que con su presencia perturbaba.
El pensamiento de la muerte no le dejaba descansar, pedía la paz a los libros santos que leía desde el principio hasta el fin. Aprendió a expiar con la pobreza voluntaria las delicias de su vida primitiva. Así, en medio de una fiesta, Jacopone se mostraba medio desnudo arrastrándose sobre sus manos, ceñido como una bestia de carga; en otra ocasión, uno de sus parientes que salía del mercado llevando un par de pollos, le rogó se los guardara un momento. “Llévalos, le dijo, a mi casa”, Jacopone marchó derecho a la iglesia de san Fortunato donde este pariente tenía la sepultura de familia y depositó los pollos bajo la piedra de la sepultura. Algunas horas después, el otro muy furioso, vino a quejarse de no haber encontrado los pollos en su casa, “¿no me habías pedido. -respondió Jacopone-, que te los llevara a tu casa? ¿Y qué casa es la tuya, sino aquella que has de habitar pasa siempre?”
Con frecuencia, cuando las locuras de Jacopone habían reunido una muchedumbre en la plaza de algún pueblo, se volvía para predicarles y atacaba sin eufemismos los vicios de sus ciudadanos. Se había afiliado a la Tercera Orden de San Francisco (2) milicia laica establecida para los fieles que sin abandonar el mundo, querían vivir bajo las leyes de la pobreza y de la caridad. Al cabo de diez años, en 1278, llamaba a la puerta del claustro queriendo ser admitido entre los Frailes Menores. Dudaron esto al principio de recibir al loco, haciéndole volver un día y otro, hasta que por fin les probó su buen sentido, llevándoles dos escritos; uno en prosa latina rimada y el otro en versos italianos. El canto italiano del que se acompañaba, había hecho del jurisconsulto, un poeta.
Recojo algunos párrafos de la secuencia latina: “¿Por qué el mundo se alista bajo la bandera de la vanagloria, cuya felicidad es tan pasajera? ¿A dónde ha ido Julio César, descendiendo de la altura de su imperio? ¡Qué fiesta tan efímera es la gloria del mundo! No sabes si vivirás mañana: haz el bien y hazlo a todos, todo el tiempo que puedas. Nunca digas que es tuyo aquello que puedes perder. Piensa en lo que se encuentra allá arriba; que tu corazón esté en el cielo”.
Jacopone, escribe de tal manera, que los Frailes Menores no tienen más remedio que abrirle las puertas, reconocieron en él que su locura era la de San Francisco. Ozanam, en su libro, recoge parte del escrito, que transcribo literal de una manera sucinta:
“Cristo, tú conoces mi pensamiento, y que siento un gran desprecio por el mundo en el que permanecí tiempo atrás, con el deseo de saber muy bien la filosofía. Pretendía yo entonces saber la metafísica a fin de penetrar en la teología y descubrir como el alma puede gozar de Dios. Yo pretendía averiguar de qué modo la Trinidad no es más que un solo Dios y porque fue necesario que el Verbo descendiese a María. Y ahora oíd lo que acabo de pensar, he resuelto pasar por estúpido, por ignorante, desprovisto de todo sentido y por un hombre lleno de insensatez. Os dejo que gritéis a vuestro gusto, Sócrates y tú Platón: gastad vuestros talentos, argumentad de una parte y de otra, hasta sumergiros hasta el cuello. Abandono el arte maravilloso del que Aristóteles conocía el secreto, y las doctrinas platónicas, que lo más frecuentemente no son sino herejías. Ahí os dejo los viejos libros que amé tanto y los periodos de Cicerón, cuya melodía me era tan dulce. Os dejo es sonido de los instrumentos y de las cancioncillas, las mujeres y las muchachas bellas. Para vosotros los florines, los ducados y los carlinos y los nobles y los escudos genoveses y toda clase de mercancía de la misma especie. Marcho a una gran batalla, voy a amar el amor de la Cruz cuyo ardor me tiene ya poseído, y pedirle con voz humilde que me penetre con su locura. Señor hacedme saber y ejecutar vuestra voluntad acá abajo: después no me preocuparé más si ha de ser de vuestro agrado condenarme o salvarme."
 
Vista de Todi en la región de Umbría. Al fondo San Fortunato
Calle de Todi
El alma del penitente de Todi había quedado impresionada por la misma pasión que San Francisco, un alma endurecida por las lecciones de los legistas y las preocupaciones de los negocios. Ella le empujaba no solamente al pie de los altares, sino a los campos, a los bosques, a todos los lugares donde el creador se revela por la belleza de sus criaturas. Allí marchaba cantando los salmos, improvisando versos y uniendo sus cantos con sus lágrimas; se unía en abrazo desesperado con los troncos de los árboles y cuando se le preguntaba porque lloraba respondía de este modo: “lloro, exclamaba, porque el amor no es amado”. Y cuando se le insistía para que explicase cuales eran las señales por las que el cristiano podía asegurarse de que ama a Dios, contestaba: “Tengo la señal de la caridad…Si pido a Dios una cosa y Dios no me la concede, le amo igual que si me la concediera. Y entonces le amo dos veces más”.
Decía,
“experimento cuanto amo a mis hermano; si me ofende, no le amaría menos”.“Quisiera por amor de Cristo sufrir con perfecta resignación todos los trabajos de esta vida, todas las penas, las agonías y los dolores que se pueden expresar con la palabra o concebir con el pensamiento”.
El peligro, de esta elevación de sentimientos, es el de la propia complacencia; es el orgullo que tentó a San Simeón Estilita (3) en su columna, lo mismo que al cínico en su tonel. He aquí porque Jacopone, queriendo establecer sólidamente el amor de Dios y de los hombres, lo fundaba en el desprecio de sí mismo.
Sus compañeros referían también como había llevado a la práctica la doctrina del desprecio de sí mismo y de la mortificación de los sentidos. Él, que había estudiado tanto los tratados de Aristóteles y de Cicerón, así como las leyes de Justiniano, rechazaba ahora los honores del sacerdocio; quería permanecer hermano lego y encargarse de los más humildes servicios de la casa.  Conservaba el nombre burlesco de Jacopone que el pueblo le había dado.
Se cuenta que en medio de sus ayunos recordaba los banquetes deliciosos que en otro tiempo había convidado a sus amigos. Perseguido por la tentación de romper la abstinencia, tomo un trozo de carne sangrienta, la suspendió de su celda y así la conservó hasta que caía deshecha de podredumbre. “He aquí -decía a sus sentidos-, el pasto que habéis deseado: disfrutad ahora”. Pero ocurrió que el olor de carne corrompida penetró por todo el convento, declarando la infracción de la disciplina. Las celdas fueron visitadas y reconocido el culpable, fue arrojado al lugar más despreciable de la casa. Entonces, vengándose de sí mismo, compuso un cántico “Oh alegría del corazón que haces cantar de amor”.
Parece que llegado a este punto, la vida del penitente de Todi debería ya concluirse; por el contrario, es entonces cuando comienza.
En el momento que ingresa en los Frailes Menores, esa gran familia, se hallaba dividida en dos partidos. Por una parte había comenzado cierto relajamiento de la pobreza primitiva, pidiendo la mitigación de una regla escrita, que según decían era más propia para los ángeles que para los hombres. Por otra parte, el escaso número de los más rígidos pretendía volver a la antigua austeridad sacudiéndose de la autoridad de los superiores a los que calificaban como cómplices en los abusos. Los primeros estaban en posesión de las dignidades de la Orden practicando la gravedad de una vida sedentaria y se les llamaba Conventuales. Los segundos asombraban al mundo por la severidad de su penitencia y como observaban mejor el espíritu de la regla, se les llamaba los Hermanos Espirituales.
Aconteció en 1294, habiendo vacado la Santa Sede después de veintisiete meses los cardenales acordaron terminar la viudez de la Iglesia, dándole como jefe un santo en la persona del ermitaño Pedro de Morrone. Cuando el austero anciano sacado de su celda y coronado como Celestino V, hubo tomado el gobierno del mundo cristiano, todo su celo se declaró para la estricta observancia de las reglas monásticas; los Hermanos Espirituales tuvieron el privilegio de vivir según el primitivo rigor de la Orden, en conventos separados y con superiores de su elección. Este beneficio había de impresionar a Jacopone que demostró su gratitud como hombre menos celoso de agradar a sus amigos que de salvar sus almas.
Dirigió al nuevo pontífice una epístola en verso cuyas rudas advertencias se avenían mal con el lenguaje corriente en las cortes:
“¿Que vas a hacer Pedro de Morrone? He aquí que hemos llegado a la prueba; veremos la obra que te preparan las contemplaciones de tu celda. Si decepcionas lo que el mundo espera de ti, te seguirá la maldición. Si no tienes la balanza en buen equilibrio, será a Dios a quien se apelará de tus juicios ../.. Desconfía de los que sólo esperan beneficios, siempre hambrientos de prebendas. Guárdate de los concusionarios; si no sabes defenderte cantarás una triste canción”
Los gritos de alarma de Jacopone hallaron harto fácil acogida en Celestino V, ya de por si espantado de los peligros del pontificado. El viejo anacoreta se vio solo y con terror en la cumbre de ese torbellino de intereses, de pasiones y de discordias que amenazaba hundir la cristiandad y que la mano de los Papas, aun los más firmes, apenas podía contener. Al cabo de los cinco meses abdicaba, volviendo a tomar el camino de su desierto. Los cardenales nombraron como sucesor a Benito Gaetani, tan célebre y tan calumniado, con el nombre de Bonifacio VIII, hombre de carácter enérgico y buen conocedor del derecho canónico y civil. Jacopone tenía miedo que el amor a la justicia le hiciera desaparecer el olvido a la misericordia. Tales podían ser las aprensiones de éste cuando el Papa, turbado por una visión singular, hubo de consultarle. “Había visto -dice- una campana sin badajo y cuya circunferencia abarcaba toda la tierra, sepa Vuestra Santidad -respondió Jacopone-, que la grandeza de la campana, designa el poder pontificio, que abraza el mundo. Pero tened cuidado de que el badajo no sea el buen ejemplo que acaso no hayáis de dar”.
Estos siniestros presagios parecieron realizarse a los ojos de Jacopone cuando Bonifacio suprimió los privilegios de los Hermanos Espirituales. En el momento que un golpe tan funesto venía a herir a los ardientes reformadores de la Orden de San Francisco, comenzaron a oírse extraños rumores. Se acusaba a Bonifacio de haber arrancado la abdicación de Celestino V, asustándole con ruidos nocturnos; se le acusaba también de haber reducido al santo anciano a una prisión para hacerle morir a manos de asesinos. Nada es verdad de todo esto, pero el descontento sembraba esta simiente y la credulidad la recogía.
Las conciencias perturbadas comenzaron a preguntarse si se podía reconocer por Vicario de Cristo al asesino de un santo, sí Ia abdicación de Celestino era licita y legitimo el poder de Bonifacio. He aquí las formidables preguntas que en todas partes se formulaban cuando el 10 de mayo de 1297 dos cardenales enemigos del Papa, Jacobo y Pedro Colonna, reunidos con un pequeño número de sus partidarios en el castillo de Lunghezza, cerca de Roma, osaron protestar, en un acto solemne, contra la elección de Bonifacio VIII, y como usurpador de la Santa Sede le citaron a juicio del próximo Concilio universal. Jacopone tuvo la desgracia de comparecer a ese acto como testigo requerido para certificar la autenticidad; por consiguiente, incurrió en la excomunión que alcanzó a los dos cardenales y a sus simpatizantes. Desde hacía tres meses residía en el convento que los Hermanos Espirituales conservaban todavía en La ciudad de Palestrina, cabeza de los Colonna y su principal fortaleza. Era allí, es decir en un lugar enemigo, en donde todas las acusaciones hallaban eco donde se había juzgado el asunto que dividía a los espíritus, y por una de esas ilusiones que Dios permite para humillar Ia sabiduría de los hombres en un negocio tan fundamental, el antiguo jurisconsulto, el teólogo, el penitente, se equivocó, pero su error fue el de un corazón apasionado por el honor de la Iglesia, desgarrada por numerosas heridas.Toda la tristeza de esos días de escándalo se transparentaba en unos versos del penitente de Todi. En los versos se encuentra menos cólera que amor y son un lamento de la actual situación de la Iglesia donde todo son rencillas, interés por la grandeza, el dinero y el poder y en donde Dios ha desaparecido.
Las quejas del penitente de Todi las utilizaba la política de los Colonna sostenidas por la autoridad de su nombre, transportadas en alas de la rima y el canto, iban a suscitar enemigos a Bonifacio VIII de un extremo a otro de Italia. Al mismo tiempo, los biógrafos de Jacopone marcan la fecha de una sátira harto célebre en la que se percibe detrás del hábito franciscano la mano de los hombres de Estado que Ia inspiran: la canción italiana prepara los caminos a las quejas bien pronto articuladas después por los jurisconsultos de Felipe el Hermoso (4):
“Oh Papa Bonifacio, has jugado mucho con los entretenimientos de este mundo; no puedo pensar que hayas de abandonarlo contento! Como la salamandra vive en el fuego, así tú hallas en el escándalo tu alegría y tu placer. Diriges tu lengua contra toda regla religiosa, y blasfemas y desprecias toda ley. Ni rey ni emperador, ni cualquiera otro, se separa de ti sin llevar una cruel herida. Criminal avaricia, sed prodigiosa, capaz de beber tanto dinero y permanecer aún ansiosa”. Claro es que este lenguaje resulta detestable. Pero es preciso recordar que Jacopone, perdido, creía combatir a un usurpador y no al jefe legítimo de la Iglesia. Es también de considerar el peligro de un siglo de luchas en el que dos grandes espíritus pueden reunirse y no reconocerse, y emplear en combatirse armas que debían manejar para solo el servicio de Dios.
Otros se escandalizaron de semejante espectáculo; pero a nosotros debe instruirnos. Hemos de aprender los tiempos de discordia. A creer en Ia virtud posible en las filas que no son las nuestras, a medir nuestros golpes en la pelea, ya que pueden recaer sobre adversarios dignos de todo nuestro respeto.
El pecado del religioso era grande, y la penitencia terrible. Cuando en setiembre de 1298 Bonifacio, después de un largo asedio, hubo reducido a Palestrina, Jacopone expió sus versos en el fondo de un calabozo. El mismo nos describe el lugar subterráneo en el que fue encerrado como un león; las cadenas que arrastraba sobre el pavimento, Ia cesta en la que el carcelero le dejaba el pan de cada día y la alcantarilla, al borde de la cual se inclinaba para apagar su sed. Pero el viejo penitente se te reía de esos rigores.
“No se puede -decía- causarme mayor mal que el que yo quiera”. Hacía treinta años que rogaba a Dios que le castigara, y en Ia alegría de verse escuchado, mezclaba sus cantos al ruido de sus hierros.  Sin embargo, este hombre invencible se abatió bajo Ia excomunión. En el silencio de su calabozo tuvo tiempo para considerar la causa por Ia cual se hallaba apartado de la cristiandad. Se vio solo en la desgracia de Dios y de los hombres. Tanto que los autores verdaderos del cisma, los Colonna, con ropas de duelo y con una cuerda al cuello habían ido a prosternarse a los pies de Bonifacio, por lo demás jefe indiscutible de la Iglesia universal.
Palestrina, cabeza de los Colona, donde Jacopone residió una temporada
Por fin se rindió, pidiendo gracia en versos que aun respiran Ia fiereza de un alma mal domada. El prisionero desconfiaba de su vencedor y su juez y le proponía un nuevo género de combate: “Absuélveme -dice- y déjame las demás penas hasta el momento de abandonar este mundo. Hiéreme lo que te plazca porque estoy seguro de vencer a fuerza de amar. Llevo pendientes del cuello dos escudos bajo los cuales no temo herida alguna; el primero de diamante comprobado, que es el odio a mí mismo; y el otro, un rubí esplendoroso, que es el amor al prójimo”. Bonifacio nada respondió a este piadoso desafío.
Transcurrieron los meses y con el año 1300 se abrió el jubileo universal en el que el Soberano Pontífice convocaba a los fieles de toda la tierra. Desde el fondo de su prisión, Jacopone escuchaba los cánticos de los peregrinos que pasaban llevando sus hijos con ellos, y detrás sus viejos padres buscando el perdón en la tumba de los apóstoles. Y mientras que doscientos mil extranjeros a la vez inundaban las basílicas de Roma, mientras que los pecadores arrepentidos hallaban la paz, él extenuado por las austeridades, ni tenía parte en las alegrías ni en las oraciones, ni aun en los sacramentos del pueblo cristiano. Dirigió pues al Papa una segunda carta, más humilde y más suplicante:
Prision de la época
"El Pastor, a causa de mi pecado me has expulsado del aprisco pero mis balidos no logran abrirme la puerta. ¡Oh, Pastor!, ¿por qué no te despiertan mis gemidos? Hace mucho tiempo que te llamo, pero no me escuchas.
Soy como el ciego que grita en el camino. Cuando los caminantes le llaman la atención, grita aún más fuerte: Dios mío, tened piedad de mí. ¿Qué me pides? preguntó el Señor. Señor, que vea: que pueda en alta voz cantar el  Hosanna de los niños.
Soy el servidor del centurión y no merezco que desciendas hasta mí. Basta que por escrito me sea otorgada la absolución; tu palabra me sacará de entre los cerdos.
Hace mucho tiempo que permanezco tumbado bajo el pórtico de Salomón, al borde de Ia piscina. Gran movimiento se ha hecho en las aguas en estos días de perdón. Pasa el tiempo y espero aún que me sea posible levantarme y tomar mi lecho volviendo a mi morada…
La joven se hallaba muerta en la casa del jefe de la sinagoga. Peor es la condición de mi alma mientras pesa sobre ella el yugo de la muerte. Te ruego me tiendas la mano devolviéndome a San Francisco para que me otorgue y devuelva mi sitio en la mesa, al lado de mis hermanos.
Destinado al infierno, toco ya la puerta. La religión que fue mi madre arrastra un gran duelo con todo su cortejo. Quisiera oír tu voz poderosa decirme: Hombre viejo, levántate. Entonces, se cambiaría en cánticos de alegría las lágrimas que ha derramado sobre mi vejez”.
Placa informativa
Pero ni súplicas tan tiernas suavizaron la severidad de Bonifacio VIII. Se refiere incluso que un día, pasando delante de la cárcel en que languidecía Jacopone, se dirigió a los barrotes: “¡Ah, Jacobo -le dijo-, ¿cuándo saldrás de tu prisión? Santísimo Padre, respondió el religioso, cuando vos entréis en ella”. Y Ia predicción no tardó en cumplirse. El 7 de septiembre del año l303, Sciarra Colonna, sobrino de los cardenales de este nombre, y Guillermo de Nogaret emisario de Felipe el Hermoso, entraron en Anagni a la cabeza de trescientos caballos, forzando las puertas del palacio e incluso poniendo una mano sacrílega sobre el Pontífice; el cual, un mes después murió de dolor. Toda Ia cristiandad se conmovió con este relato. Muchos incluso entre los enemigos políticos de Bonifacio, se acordaron de que eran cristianos, y Dante fustigó, en un verso inmortal, a los que habían hecho prisionero a Cristo en la persona de su Vicario. (Dante: Purgatorio, 20.)
Jacopone fue absuelto de Ia excomunión cuando Benedicto XI sucesor de Bonifacio, por una buIa fechada el 23 de diciembre de 1303, levantó las penas pronunciadas contra los Colonna y sus partidarios. Halló en el convento de los Frailes Menores en Collazone, el descanso de sus últimos años. Gusta ver allí al viejo atleta desarmado, y ese carácter impetuoso, capaz aún de grandes ternuras, no solamente para Dios sino para los hombres.
Pero al mismo tiempo, los cánticos de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz no encierran suspiros más apasionados que este resumen de un poema obra de Ia ancianidad de Jacopone, y como la última vibración de esa cuerda que iba a romperse:
“¡Oh, amor divino amor! ¿Cómo me has asediado? Pareces enamorado de mí hasta la locura; no te dejo punto de reposo. Has puesto sitio a mis cinco puertas: el oído, la vista, el gusto, el olfato y el tacto. Cuanto veo,escucho sólo me habla de amor. Si salgo por la puerta del gusto, por las del olfato y el tacto, vuelvo a hallar tu imagen en toda criatura. Veo que me transfiguras y me transformas en amor como tú, Amor sin medida”.
Daguerrotipo de la Iglesia de San Fortunato donde reposa Jacopone (tal como la vio Ozanam)
Hacia final de 1306, Jacopone cargado de años y aniquilado por los raptos del amor divino, cae enfermo reconoce Ia aproximación de la muerte. Sus compañeros le urgen a pedir los sacramentos de la Iglesia, pero declara que ha de esperar al hermano Juan de Alvernia, del cual era amado tiernamente, y de cuyas manos quería recibir el Santísimo Cuerpo de Jesucristo. Ante estas palabras, comenzaron a afligirse los religiosos porque no había esperanza alguna de que el hermano Juan pudiera ser avisado con tiempo…Pero el moribundo, corno si no los escuchara incorporándose sobre la almohada, entonó el cántico Anima vendetta. Apenas hubo acabado el cántico, cuando los hermanos vieron venir por el campo des de los suyos, uno de los cuales era Juan de Alvernia. Un imperioso presentimiento le condujo hasta el lecho de muerte de su viejo amigo; dióle en un principio el beso de paz y después le administró es Santos Misterios. Entonces, Jacopone, entusiasmado de alegría, entonó el cántico Jesu, nostrafidanza, después de lo cual exhortó a los hermanos a vivir bien, levantó sus manos al cielo y rindió su último suspiro. Era la noche de Navidad en el momento en que el sacerdote, comenzando la misa en la iglesia vecina, entonaba el Gloria in excelsis.
Tumba de Jacopone en San Fortunato
El recuerdo de las disensiones religiosas se había borrado. No quedaba de Jacopone, sino la tradición de su penitencia, su ejemplo de amor a Dios, llevado por él hasta el último esfuerzo de su naturaleza, Y en fin, sus cantos populares extendidos como un rocío del cielo sobre las montañas de Umbría. Los ignorantes y los pobres amaban a este hombre santo que había cantado para ellos y se agolpaban en su sepulcro. Jacopone recibió culto público y fue puesto en el número de los bienaventurados. Es cierto que no se hallan ni las actas, ni la fecha de su beatificación en los Anales de la Orden de San Francisco. Pero en 1596 el obispo Angelo Cesí elevó en Ia iglesia de San Fortunato, de Todi, un monumento en el que recogió los restos del santo penitente, haciendo grabar esta inscripción: “Estos son los huesos del bienaventurado Jacopone de Benedetti, de Todi, Hermano Menor, que se hizo o insensato por el amor Cristo y que con un nuevo artificio engañó al mundo y encantó al cielo”.
Conocemos ahora al poeta; ya es tiempo de abrir su libro y buscar bajo el polvo de esas páginas, harto olvidadas, algunas de las más bellas inspiraciones del misticismo católico.


(1) Ozanam no la nombra en el libro, se llamaba Vanna di Guidone, hija de Bernardino de Guidone, conde de Coldimezzo
(2) Pío IX y León XIII favorecieron el desarrollo de toda la Tercera Orden, señaladamente la secular, “que tuvo en sus filas nobles ingenios como Ozanam”. (Tomado de Agustín Gemelli OFM).
(3) A propósito de Simeón Estilita, vida que a buen seguro había leído Ozanam, recomiendo un breve libro asombroso, “La vida sobre una columna” de José Simón Palmer. Ed Trotta.
(4) Felipe IV de Francia, llamado el Hermoso (Fontainebleau, 1 de julio de 1268 - 29 de noviembre de 1314), fue rey de Francia y de Navarra.
Estatua de Jacopone en Todi y placa recuerdo a la entrada de la Iglesia de San Fortunato.







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